Puedes disfrutar la vida de lejos.
Puedes mirar las cosas pero no probarlas.
Puedes acariciar a la madre con los ojos.

No puedes tocar estos fantasmas.

Quien bien te quiere, te quiere libre.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Casualidad circular

Él es la raíz mental,
una externa dialéctica
que discurre en el absurdo.

Ella es una conciencia,
que se auto-define,
y trasciende al interior.

El anida en la intimidad de ella,
y allí todos los antagonistas se reconcilian.


El y ella
los adjetivos
y géneros
son males menores
que la existencia.

El y ella
son la experiencia
del individuo.




20.12


Me gusta cuando
te detienes
para ser sincero
y cuando te mueves
para no correr.

Me gusta cuando
nos reímos
Y los ojos
iluminan dos cuerpos
que nunca antes,
estuvieron tan dispuestos
a dejarse ver.

Incluso me gusta,
después de odiarlo
cuando nos reunimos
y se viene la tormenta
y estamos tan cerca
que no nos vemos.

Pero
aún me gusta más
cuando nos reunimos
para robarle a la muerte
los trozos de vida

que son nuestra vida.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Hay cosas tuyas

Hay cosas que son tuyas,
y por extensión casi geográfica
son mías también.

Pero hay cosas que son tan tuyas
que yo no las quiero,
-ni en el mejor de los acuerdos.

Tenerte entero
sería cómo extinguirte
prefiero sentir que te pierdo un rato
y te gano poco a poco.

Ni el más valiente necio
mata lo que ama
con la peor de sus espadas.

El futuro será ceniza.

"La esencia de la relación entre las conciencias es el conflicto" Sartre


¿De qué sirvió aprender tantos nombres de hombres muertos? ¿Qué sentido tiene abrigarse del frío cuando ese frío está dentro? Hoy sólo me satisface reírme de mis propios deseos. Despreciar mis recuerdos cómo los adultos desprecian la palabra de los niños. Me muerdo los puños con la esperanza de perder los dedos pero el verdadero dolor que me atormenta es tener dedos que perder.



I. El rey de la Resistencia.

Llevo puesta una corona en llamas sobre la cabeza. Negarla es mi muerte y resistir, resistir es morir a plazos pagados. Tengo un acuerdo de resistencia con mis incertidumbres y ellas bailan felices al rededor de mis razones. Cuando me arrodillo ante la Diosa del Absurdo las llamas de la corona prenden la ropa y ya no me ilumino pues soy un  desvergonzado iluminado que arde en su propio trono.

II. Una voz en el exilio.

Si vivir es afirmarse...¿porqué yo me niego a cada segundo? Si renuncio a mi reino en las alturas quedo en paz y tan tranquilo que me darían por dormido pero sé que incluso en el mundo de los dormidos aún me sabrían despierto.

Los dormidos no son compañeros de un buen viaje sino de los sueños. En los sueños mis manos valen menos y cuando despierto pesan más.

III. El alarde del aire.

Despojado de mi título, me hundo, hay retales de mi que se aligeran.

Mis incertidumbres cojas y enfermas no saben dónde danzar, no hay muro de oposición. Se encuentran perdidas y nunca antes habían sido tan auténticas.

Sin mi resistencia, su absurda existencia justifica mi corona.

IV. Un principe sin precio.

Un precio, un valor sería la resolución definitiva para esta angustia. ¿Pero qué precio hay más alto que la propia vida?  Y lo estamos regalando, qué digo...¡peor! sacrificando en nombre de unas normas y medidas, en nombre de unos deberes y causas, en nombre de una razón y en contra de una locura.

Un principe sin precio es una locura, pues ya pueden venir a llamarme loco. Yo tuve en mis manos la corona y ahora reconozco que perecer con mayor suavidad que el suicidio no compensa ningún poder.

V. Las tormentas de verano.

Ya no llegan las campanas cerimoniosas a mis oídos, sus ritmos y pausas. Ellos y yo, pasamos a ser tremendos desconocidos. Mis incertidumbres comprendieron que para bailar, primero, hay que saber de música. A la prisa por vencer mi reino helado de oscuro invierno ha venido a brillar el sol eterno.
La Diosa del Absurdo se ha disculpado,  fecundó el tiempo y ha cambiado mi tormento vital por tormentas de verano.


II. La conversión a la post-modernidad.

II.I Una coraza post-moderna

Qué miedo reconocer qué de mi se desprende una sombra, cómo de cometa lisa y titubeante que baila en el cielo. Desobediente a la gravedad. Las cosas que son, son sin permiso. No puede acorralarse a la existencia más salvaje, no se puede negar el aire que ejerce su liviano ritmo, una naturaleza natural no es hiperbaton en un mundo en el que el tiempo es programado por relojes automáticos.
El ídolo moderno es la vida que se practica sin práctica. Veinte libros para aprender a ser madre y dos semanas de reposo para serlo. Cinco mil academias de pensamiento y ningún pensamiento fuera de las academias.

Muchas perecieron para que el resto nazca. Ideas perecieron para abonar ciertas certezas. Y no hay más placer entre los recién nacidos que encontrarse. Encontrarse antes de vestirse para siempre. Se nace desnudo y se muere elegante. ¡Seamos libres antes de que se nos impongan los cordones de los zapatos! Encontrarse antes de vestirse para siempre. Los nativos de la vida sólo disfrutamos con los pies descalzos pero ahora los nativos somos cómo hijos del asfalto.

Suenan las sirenas melodías de una caótica ciudad. Cada instinto guarda su barrio. Sólo se pertenece a lo que se quiere pertenecer, no basta un portal sin numero o una acera con bajada, la calle se ha de sudar.
Quien dice poder olvidar las heridas es porque no le cicatrizaron nunca.
Hay que reconocer a la muerte en los cementerios y perdonar a la vida varias veces más.

III. El vicio de mirar.

"Cuando uno mira en el abismo, el abismo también mira dentro de él"

El vicio de mirar y mirar y por esta razón es vicio, porque no ve nada. Mirar hacia abajo mientras se camina por la calle, mirar hacia arriba sólo para reconocer a la autoridad.
La virtud del ciego es poder ver sin mirar, no ser partícipe de una sociedad vendiendo lotería.
Un mundo de ciegos potencialmente libres son todas esas ciudades sin nombre y todos esos sin nombre que aspiran a serlo. Un mundo de ciegos viejos lidera los campos.

¿Cuando Dios era omnipresente, dónde miraba? Ahora que es omni-obsoleto...¿se ha quedado ciego? No existe gran diferencia entre su reino y su legado. La ceguera de muchos se contagia desde los aparatos publicitarios. Envejecer es quedarse mirando pero a la vejez no se la mira a los ojos.

Lo que nos pasa es también lo que les pasa a los demás. Ese es el vicio de esta nueva sociedad. El vicio de mirar lejos, lo más lejos posible de unx mismx.

III.I Falsos

Se sirven de la mejor comida pero también toman la basura. Su deseo no es comer contigo pero con gusto, heredarás su banquete.
Con todo y nada sólo queda la deuda ,de la verdad, en una mirada incómoda.

IV. La vida no es una condena.

Vivimos delegando lo auténtico, juzgando lo transformable, despreciando los viejos retos cómo si nunca hubieran sido dignos de retar. En los momentos clave, los clásicos juegos quedan obsoletos. Dónde sólo debía haber una escueta mentira ahora se sufre un gran daño. Pedir perdón no resulta igual de fácil que cuando se es niño. Ser adulto es perder paciencia mientras ganamos pacientemente el orgullo.

Vivimos con la fantasiosa levedad de lo que es eterno y sin embargo conocemos mil muertes instantáneas. La gente más amable aún se grita en la cola de los mercados, los que ya han muerto suben y bajan sin esfuerzo escaleras del metro.

No es lo mismo 100 gramos de justicia que lo "máximo" posible de justicia, lo saben los injustos que la reservan. No es lo mismo hoy que cualquier día, pero transitamos por el hoy cómo si cualquier día nos fuera a llegar la vida.
Un simple gesto, autónomo de unx mismx, muchos simples gestos nos dirigen cuando estamos a solas. La vida no es un oficio, aunque tristemente se practique conforme a ese tamaño.


V. Nuevas alianzas.

Muchas respuestas emocionales sin respuesta, esa es la sensación que corona nuestras ganas. Nuestras depresiones y huelgas existenciales son respuestas emocionales generadas por la falta de preguntas. Recurrimos a los hábitos y costumbres para ostentar la realización personal. ¿Y que realización puede haber en unos instintos programados?
Ni el más fuerte de los milagros traía consigo la promesa de la paz. Los senderos no hacen a la montaña y la muerte no puede ser mas incierta que la vida.

VI. Recientes promesas.

Hay caminos dónde el norte no sirve para nada y ventanas sin gente que despedirse. A la tristeza no le corresponde una tarde de domingo y la lluvia no es siempre la aliada de la mala suerte. El ser es la causa primera.

Una promesa reciente no es un propósito para mañana, hacerse viejo es la promesa del tiempo pero muchos permanecen jóvenes sin que el tiempo les corresponda, piensan que han vencido y sin embargo es la vida la que les ha dado la espalda. Sólo envejece aquella persona que se atreve a sembrar las razones de sus futuras heridas y arriesga con ello la piel,  o bien apuesta por la alegría.

Una certeza de pensamiento debe entrar al juego debe danzar y dudar, si no se mueve si no baila será un dogma, una idea tirana.
Una vez adquirida una certeza propia se acepta que la práctica hará madurar el resto.

Pero repito, ante los espectadores con nauseas : El ser es la causa primera, y esta no es una explicación agradable.

VII. La correspondencia.

Quien espera una respuesta, no conoce el silencio.
Quien se esconde en la oscuridad por mucho tiempo, no soporta la luz.

Nunca hay un diálogo entre la propia existencia y sus razones, pues no hay razones para existir. El silencio de este debate se produce al escogerse a cada instante. Somos un indeterminado libre de determinarse ésta vez y cuantas veces quiera.

En el país del futuro se oyen murmullos de recelo para los inquietos que aún son sinceros, buscando las tablas en el alma.

VIII. No dibuja la brisa.

La brisa no dibuja, el viento no enreda, no calienta ya la espalda el lazo de la madre. No susurra el aire, ni si quiera en otoño. No conjura la luna flaca, todos los pasos que quedan son los que se alejan y sólo en las monedas se dibujan sonrisas.

En la precariedad no cabe la mediocridad:  medio herido es medio muerto.
Nuestra tarea es hacer sensible lo invisible a las esencias potencialmente libres. La insurreción de la própia vida es la ruina de la rica mezquindad.
El que miente mejor, no es quien dice parte de la verdad, es el que nunca más se levantó después de un error y extiende su farsa irrealidad cómo realidad propia, pero incluso éste sabe la verdad:
No vale salir al paso con la vida.

Ahora que nada nos sobra y todo nos falta, soportamos con gusto cualquier frío menos el frío en la garganta. Somos enfermos de ideas honestas dispuestos a dar vida al silencio y la rabia organizada.

IX. La primera rebelión.

De los instintos nace la adicción a la búsqueda siempre inconclusa  del dominio del individuo, vuelve a besarme mi mayor verso interior: mi autonomía es la primera rebelión.


IX.I Resurgir

Agujerea indiscretamente los sepulcros de tus opiniones,  los fantasmas requieren de la vida cómo su más baja razón de existencia, sólo un necio confundiría con mentiras sus pasadas posiciones.
Traza un círculo de fuego negro y el que se quede dentro,  será tu amigx más allá de todos los renacimientos.

Dónde mejor brillan las estrellas es allí dónde no tienen ni nombre, ni dueño.

X. Las pretensiones.

No se puede tener más pretensiones que contar lo que alguna vez nos dejó mudas.
La ignorancia es repetitiva, no puede ser en sí misma una pretensión. A saber leer se le aprende leyendo y para aprender a amar, estar enamorado es "sólo" necesario.

Las pretensiones llegan con la renuncia a una depresión que venía dada por la recesión de mis libertades , lo soñoliento alimentaba el alma mientras me educaban para adquirir la torpeza que niega cualquiera de mis destrezas. Me acostumbré a sentir lo que pienso y a pensar lo que siento.

Desgraciados los que dicen madre y olvidan el vientre. Ninguna verdad absoluta mueve el mañana y quien sabe eso puede levantar el puño y quizá, los párpados.

XI. Las renuncias

Hay quienes renuncian de su nombre y quienes renuncian del rey. Hay quienes renuncian al fracaso y por ese burdo decreto imperialista fracasan en su vida.
Lxs más tristes son lxs que renuncian a sí mismxs. Renuncian renunciar y se convierten en fantasmas.

Me han pedido mil veces y de mil formas que renuncie a mi misma: por educación, ideología o comportamiento, pero yo no puedo. Yo no sé de desmembrar mi cuerpo, yo no se de amputar mis ganas. Ya superé el deseo de agotar mis angustias, yo ya renuncié al mayor drama por seguir viviendo.

Y cuando decidí quedarme, a propósito de vivir, me miraron con ojos recelosos cómo si llegara tarde. No, yo nunca llegué tarde a dónde quise llegar. Llegué a tiempo en el único tiempo que tengo, el mío.
Así cuando encuentre mi verdad podré devolverle a mi infancia tantos años de testarudez existencial.

XII. Las conversaciones

XII. I

-Tu eres capaz de sostener cosas por el único hecho de que son así desde que las conoces. En realidad no se sostienen por sí solas, las sostienes tu con tu poca competencia.
Hay verdades tan anchas de nada que con poco se van volando.

XII.II

-Demasiadas expectaciones para un solo tiempo y pocas esperanzas para la antesala del propio tiempo. A veces, sería necesario recordar que el futuro también será ceniza.

XII.III

-La tristeza es una resistencia. Si se decide vivir, no se puede vivir ya más obviando el deseo propio que una vez nos quiso muertos. Entonces uno se vuelve azul y recuerda el peso de los párpados.
Una tristeza ligera es como esperar ver una estrella de día, siempre es más fácil que vivir esperando llegar a soportar, algún día, todos los yoes que tiene uno mismo.

XII.VI

-Asfixiar con una reverencia las ganas e inclinarse al anonimato exiliando la propia vida en expresión. Eso es a lo que tu llamas importantes transacciones.

-Avivar con la mirada una conversación eufórica, coincidir en el punto exacto de un pensamiento en las conciencias. Eso es lo que tu llamas trivial.






































lunes, 29 de octubre de 2012

Nuestra apuesta.

A mi miedo le he dicho
que ya no está sólo
y le reservo nuevos duendes,

Le pregunté a los campos
cómo hacía con las flores silvestres
y me dijo que él sólo espera la primavera.

Mientras saltamos tejados diferentes
refugiándonos de la corriente,
y poniendo a punto nuestras velas
somos dos gatos de la misma callejuela.





Del dolor mínimo, una vida insípida.



Pongamos por supuesto,
que ya no echamos ese café.
Demos por supuesto, pues
que dejamos de ser los mismos.

Reconoce, entonces,
que algo dices cuando callas.

Las viejas existencias y yo sabemos
que los naufragios duelen
a los que tienen el corazón en tierra
pero eso no es nada
para los que duermen en el mar.

domingo, 28 de octubre de 2012

Sabiduría salvaje



Tengo, un cielo atrapado,
entre el vientre y mi boca.
Me deja sin aliento
cuando se pone a llover
y ha estado jugando a reírse
de mis únicas verdades
cuando aún no eran tales
cómo la palabra de un juez.

A este cielo que yo tengo,
que es un segundo corazón,
le han salido dientes
y se dedica a mordisquear
toda mi contradicción.

Este cielo es una enfermedad
de los instintos.

Yo sé, que mientras llueva dentro
germinará en mi dolor,
lo único que yo necesito:
pan, arte y amor.

Pero cabeza, cuerpo, cielo
aliento, llanto, calma, dolor,
vigila dónde subes mis demonios
y que partes de mi alma cazas
-no, no renuncio a los fantasmas!.
-no, no renuncio a la sabia abundancia!

Tengo una vida de ganas enfermas,
acostumbradas a perecer para resurgir,
pero siento que es tan pequeño lo mejor de mi...





jueves, 18 de octubre de 2012

Cartas a mi futuro.

Cartas de un Octubre duro.

Para empezar reconoceré que mi estado físico no es el mejor y qué lo que hoy me pasa no es un conflicto aislado a las cinco de la tarde sino que es algo que vengo arrastrando a tientas, sin querer mirar demasiado, de allí dónde quiera que venga.
Escribo esto en uno de esos días en los que es necesario escribir en tinta, uno de esos días en los que te sirve cualquier papel y encontrar un recorte roto en el bolsillo se vuelve el más maravilloso de los milagros. Me he detenido en el camino para vomitar esto, no quiero llegar a casa y que se me quede dentro por miedo   al absurdo.

Este Octubre viene siendo gris.

En la vida que pueda recordar cualquier adulto hay espacios para la soledad, recuerdo cuando borraba uno a uno los amigos de mi mano y me parecía que el mundo era un desierto sin sitio dónde parar pero ahora no es el mundo lo que se queda desierto, no es el paisaje exterior el que me duele. Ahora siento cómo si algo se me estuviera rompiendo por dentro, justo en el pecho y es algo que se estira. Es una herida que voy salvando cómo pequeños charcos en un día de lluvia pero joder, ha parado de llover, han pasado los días y sigo esquivando charcos que ya no tienen sentido de ser.

Me siento un eco de decadencia.

Siento que estoy esperando caer en el hoyo para ver si así descubro el origen de mis males. Quizá no me rompo, quizá solo crezco y me duele. Quizá es sólo una espiral de pesadumbre y el sol brilla ahí fuera pero a mi no me llega. Quizá sólo es lo que le pertoca a una cabeza más loca de lo habitual. O quizá, realmente, me está pasando algo y sólo puedo esperar: en realidad, cuando las cosas pasan nadie sabe dónde acabarán.

Por otra parte pienso que vida hay una y es una pena vivir la a la baja pero...¿qué hago si nada me mantiene arriba y cuando quiero darme cuenta se ríe de mi la soledad a escondidas?

Cuando les dije que les echaba de menos, no era a sus perfumes ni sus piernas, era al simple calor que se dan los amigos con una mirada. Claro que para eso uno necesita tiempo y zafarse del abrazo de los hábitos.

Nunca un refrán me recomendó un secreto tan callado: "Quiéreme cuando menos lo merezca, porqué será cuando más lo necesite" Si quieres, añadiría yo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Que son cuatro cerca de los diecinueve.

Sé que son cuatro
pero son reales
y no necesito llevar sus nombres
en otros tatuajes,
que no sean
sus ojos y sus modales.

Sé que son cuatro
pero son reales
y no necesito sacarme fotos
en carruajes
si podemos ir andando
a nuestros peregrinajes.

Sé que son pocos
pero no buscan focos
para calentarse,
mejor cerveza fría
y conversaciones informales.


viernes, 12 de octubre de 2012

Tu peso en la tierra.

I. Socorro y Nadie.

La mujer del obrero se limpia las manos manchadas de sangre del pollo que acaba de preparar. Se muerde los labios, le escuecen las heridas que aún no han sellado en su curtida piel.  A fuera, la lluvia se rompe en la ventana de la cocina cómo una composición fúnebre, la tierra se ha quedado muda.
El servicio electrónico es deficiente y la mantiene incomunicada. No hay teléfono ni luz y el sol ha quedado resguardado por un abrigo de nubes densas. El horizonte se ha quedado gris.

Sazona la pechuga mientras intenta retirarse un pelo que le cae sobre los ojos. No lo consigue y rompe a llorar. No tiene fuerzas para sostener el cuchillo que se le cae de las manos. Consigue sentarse a tientas.
Solloza. La mujer del obrero solloza en silencio y la garganta le quema, se retira las lágrimas y mira el reloj: su marido está a punto de llegar.

Se escurre por el pasillo que conduce al patio trasero y antes de salir se descalza unas botas viejas de cuero que le regaló su madre por navidad. Los pies liberados notan el pescozón dulce de la humedad. Sonríe y sale al descubierto.

El asfalto rezuma calor, el rocío ya ha calado en sus pulmones y el agua la recorre lenta por la piel. La carretera está vacía y no se ven luces a lo lejos. De su garganta ruge un silbido inaudible, un código de soledad indescriptible, la mujer del obrero son unas piernas cansadas de andar solas y mil pensamientos disparando en direcciones opuestas.


II

La mujer del obrero retira los platos de la mesa dónde acaban de comer y tiende los restos al perrito que la acompaña cada día a hacer la colada. Éste, agradecido, le da un lamentón de pasada y se marcha con la comida.

-¿Yo qué soy Carlos?- Le pregunta a su marido mientras escurre unos platos.
El marido duda por un segundo, observa a su mujer cómo si le hubieran salido ranas por las orejas y se asegura de no verla preñada ni enferma.

-Mi mujer.-Responde.

-¿Sólo eso? ¿La mujer del obrero?- Quiere saber ella.
-¿Qué más quieres? ¿Qué podría tener de malo ser la mujer de un obrero?-
-Nada. Nada. Sólo, creo...creo qué preferiría ser una mujer obrera y no "la mujer del obrero".- Y vuelve a sus quehaceres cómo si la frase que acaba de decir no le hiciera acelerar el corazón.

-Ya lo eres. Supongo...-Añade Carlos con la esperanza de haber encontrado las palabras acertadas.
-¿Supones? ¿Y porqué sólo supones? Quiero decir...¿qué te falta para estar seguro?

Los dos adultos se miran extrañados. Cómo si de repente alguna muralla inquebrantable hubiera sido atravesada por los bárbaros, cómo si el mar se hubiera puesto del revés en el cielo y Dios ya no fuera juez de nuestra moral. Algo acababa de morirse en aquel instante y los dos eran testigos del juego.

-Recogeré los huevos para más tarde.- Interrumpe Carlos el silencio.
-Está bien. Yo acabaré de fregar la cocina-

La mujer del obrero vuelve sus ojos a la ventana y observa a su marido pasar por el patio, con esos andares extraños que levantan medio pie del suelo. A él ya no le moja ni una gota, a parado de llover.

III

La luz ciega de la mañana despertó a la mujer del obrero que notó cómo el calor había calado las sábanas. Se estiró  y volvió a encogerse dentro de ellas, somnolienta. Aún así, su cabeza le devolvió los pensamientos de la tarde anterior cómo resucitados por un poder mayor que el sueño: el dolor de su peso sobre la tierra.

La gente crece y decrece en sus vidas según su peso sobre la tierra, cuanto más cerca de ella más se hinca, más duele, más reales son sus piedras y más profunda es la herida del peso. La vida no debería ser resignarse a adquirir hábitos y es así, tristemente, de lo que muere la gente en este mundo.

La mujer del obrero volvió a dormirse por unas horas. Soñó que la rodeaba una a una jungla de color gris por dónde escalaba una ladera de piedras blandas que se deshacían bajo sus zapatos y no la dejaban avanzar, en el cielo un pájaro de alas plateadas la guiaba. Sus innumerables tropiezos desesperaron al pájaro  que desertó con la luz del alba. Desesperada, se despertó con temblores que la violentaron.

Bajó a la cocina por un vaso de agua, aún con el camisón cerrado hasta el cuello y los pies descalzos. Descendió las escaleras de madera con suavidad, devolviendo su peso a la realidad. Allí en la cocina estaba Carlos, sentado en la mesa y pelando una manzana.

-Te has dormido hoy.- Le anunció a modo de buenos días, al percatarse de la brusquedad de su gesto añadió: bueno, digamos que hoy a amanecido tarde.

La mujer le sonrió con las ganas de un niño al que le regalan ropa por su cumpleaños y se sirvió un vaso de agua, se sentó al lado de su marido y esperó en silencio y nada: El silencio acabó por esperarlos a los dos y se comió las pocas ganas que aún quedaban : Carlos, agobiado, se levantó de la mesa con rapidez y cogió el pico y la pala para dirigirse al patio por su parte  la mujer se frotó las manos secas y se percató de sus heridas.

Se levantó de un salto y cómo iluminada por una divinidad celestial se dedicó a buscar desesperadamente por los cajones de la casa, registró todos los armarios (incluso los que tenían trasfondo) y miró bajo todas las camas.

-¿Qué buscas?- Le preguntó Carlos qué entró en la casa alertado por el escándalo.
La mujer no respondió, ensimismada seguía buscando dentro de un baúl de madera con ímpetu.
-¡Laura! ¿Qué buscas?- Gritó desesperado.

La mujer del obrero se volvió instantáneamente al escuchar su nombre, casi con la rapidez de un animal y respondió:
-Un espejo.

IV.

Se ha hecho de noche, Laura recoge con la yema de sus dedos las migas de pan que quedan sobre la mesa. Ha tratado de buscarse en el reflejo del agua hirviendo y los azulejos del baño pero ninguno es tan nítido cómo el de un espejo.

Carlos, que había salido a encender las luces del patio, entra en la cocina que aún huele a sopa caliente y patatas hervidas. Se queda de pie, mirando a Laura que lo ve venir. Él se aproxima lo suficiente para respirar su aliento y acaricia la pierna de ella debajo de la falda. Laura murmulla, le brotan sonidos de los labios. Ella le devuelve el gesto con un beso, humedece sus labios con la lengua y los aprieta contra los de Carlos, la respiración se vuelve acelerada. Carlos la conduce con sus caderas hasta la encimera y la levanta para sentar a Laura sobre ella ,mientras, ésta recorre de memoria con sus dedos desnudos la espalda de su marido.

A fuera una tormenta de verano se precipita sobre el tejado de teja aún caliente. La madera cruje con ellos y       la noche se cierra sobre sus cabezas. De repente el clima ácido y caliente de la habitación se vuelve frío y los dos se detienen al escuchar unas voces que provienen del exterior.

-¿Vas a abrir la puerta?- Pregunta Laura apoyada sobre el hombro de Carlos.
Carlos se separa de ella con brusquedad y remete la camisa entre los pantalones. Las voces insisten y golpean la puerta del hogar. Carlos toma una de las palas del campo a modo de prevención y abre la puerta de su casa con inquietud.

En la oscuridad y perfiladas por la luz tenue de los farolillos del patio se dibujan dos figuras de pequeña estatura, encogidas y refugiadas bajo dos mantos.
-Buenas noches, somos unas vecinas que estamos de paso y verá...-Se dibujo en uno de los rostros una sonrisa juvenil que atrajo la mirada de Carlos- nos ha pillado la lluvia.
Ambas sombras sonrieron. Laura que había estado escuchando desde la cocina salió a recibirlas, nerviosa, alisando su pelo negro con las manos.

-Pasen, por favor, pasen.- Las invitó a entrar.

Las mujeres entraron en la cocina y se apresuraron a despojarse de sus ropas húmedas. Ropas que Laura recogió con rapidez para no mojar el suelo. Ambas permanecieron de pie ante la espera de sus anfitriones que parecían haber visto un fantasma. Las dos mujeres eran iguales, ambas tenían el pelo rubio y los ojos castaños, sonreían de lado y vestían unos vestidos modestos con encajes burdeos. Las gemelas olían a tierra húmeda.

-Sentaros, por favor.- Dijo Carlos dejando con disimulo su modesta arma junto a la pared.

Las dos mujeres se sentaron a la vez al rededor de la mesa y permanecieron en silencio hasta que Laura volvió a entrar con leña para el hogar. Encendió un pequeño fuego que los iluminó a todos con una luz débil y taciturna

-Gracias por su hospitalidad- Empezó la mujer de la derecha que miraba fijamente a Carlos al pronunciar estas palabras. Éste negó con la cabeza e invitó con un gesto a su mujer a tomar asiento.
Laura se sentó en la silla y contempló con asombro el parecido entre las dos mujeres.

-Cómo supongo que sabrán los empleados del ferrocarril están en huelga desde el pasado viernes.
-Mi marido es uno de ellos...-añadió la mujer de la izquierda.
-Exacto. Es por eso que nos dirigíamos a verle y llevarle unos ahorrillos que teníamos guardados para una ocasión así pero de repente nos cogió este aguacero y ya ve...- señaló sus botas llenas de barro.
La mujer de la izquierda permaneció callada, tenía entre las cejas la sombra tenue de una preocupación y se apretaba las manos bien por frío o quizá por nerviosismo.
El matrimonio asentía a sus explicaciones mientras comparaban las dos imágenes que tenían delante, tratando de encontrar alguna diferencia.

-Querríamos pedirles si podríamos pasar esta noche en su casa y seguir mañana por la mañana.
-No veo problema.- Contestó Carlos que ya había perdido el interés por las extranjeras - Yo me voy a dormir, ya se apañaran entre mujeres. Mañana a la mañana yo mismo las acercaré hasta la estación, no vaya a ser que se pierdan por algún camino.
-Mi nombre es Carla. -Se presentó la mujer de la derecha.- El mio es Marla- Añadió la mujer de la izquierda.


V

Laura se enredaba entre las sábanas cómo una mosca atrapada, excitada y nerviosa. El pensamiento único de que en aquella noche la casa vivía por cuatro la alejaba de cualquier caricia del sueño. Finalmente, harta de doblegar su ímpetu, se levantó a tientas y abandonó a Carlos que respiraba profundamente a su lado. Bajó las escaleras y notó el frescor del aguacero en su piel, la puerta del patio estaba entreabierta y allí al lado del pozo de piedra había una figura femenina envuelta en un humo blanco.

Laura tomó una de sus chaquetas y la tendió sobre los hombros, descalza se adentró en el patio sintiendo el frío de las losas de piedra. La mujer se incorporó al verla llegar.

-¿Te he despertado?-Preguntó con cautela.
-No.-Se apresuró a contestar Laura.- No podía dormir.
-Yo tampoco. ¿Fumas?- La invitó la mujer acercándole una cajetilla de cigarrillos.
-Sí- Contestó apresurada Laura.-En realidad, no- se sinceró- pero querría probarlo, nunca antes había tenido la oportunidad.

La mujer rubia sonrió y acompañó el gesto iluminando por un instante los rostros de ambas con el fuego de una cerilla, Laura tosió a la primera calada.
-Trágate el humo, no lo retengas en la boca- le explicó.
-¿Puedo...-comenzó Laura.
-¿Preguntar quién soy de las dos?- Terminó la mujer. - Soy Marla.
Laura asintió con la cabeza cómo si saber su nombre le diera una información más allá de cualquier cosa, pues nada es lo que sabe de las dos hermanas y conocer su nombre no le es de demasiada utilidad.

-¿Es tu marido el que está de huelga, no?- Preguntó Laura mientras observaba consumirse el cigarrillo entre las manos.
Marla asintió expulsando el humo en dirección al cielo, que se erguía imponente y oscuro sobre sus cabezas.
El inconfundible aliento de la noche les rozaba las mejillas y les pareció qué el tiempo se había vuelto eterno en aquel instante.
-No sé que voy a hacer cuando lo vea...-murmuró Marla- hace cinco años que se fue a trabajar a la estación.
-¿Estás nerviosa?-Preguntó Laura abanderada por la inocencia. Marla asintió:
-La ciudad siempre me pone nerviosa.

Laura retuvo en su cabeza aquella frase durante segundos, envidió a Marla y su aventura qué aunque incierta era mucho mejor que levantarse para dar de comer a las gallinas.
-Me gustaría ir a la ciudad algún día.-Concluyó en voz alta.
-¿Porqué no nos acompañas?- Dijo Marla incorporándose hacia ella con una ilusión descorazonada en los ojos.
-No puedo. Alguien tiene que quedarse en la casa y...
-¿Y?-La interrumpió Marla- ¿Qué puede pasar? Las gallinas no se revolucionaran en un día y cómo mucho puedes perder uno o dos huevos fritos, además la lluvia de antes a barrido todo el polvo del patio.

Laura contuvo la respiración, observó los ojos brillantes de Marla que esperaban una respuesta y finalmente accedió.

VI

Carlos gritaba desde el patio el nombre de su mujer cómo un cabrio encolerizado. Se repasaba el cabello con un peine de bolsillo mientras las dos mujeres ya estaban sentadas en el carro. Laura , en su habitación, volvía una y otra vez al baño, dando vueltas en círculos. Hacía bailar su falda y movía su cabello, se había perfumado las muñecas.

Antes de salir por la puerta repasó los puños de su camisa y reparó en que los botones de ambas mangas no eran iguales, arrugó la tela y la ladeó hacía abajo para ocultarlo. Bajó las escaleras de la casa con nerviosismo y se detuvo en la puerta sintiendo que olvidaba algo.
-Quieres subirte ya.- Le inquirió su marido que ya se había tomado asiento.

Laura se dirigió hacia ellos y antes de montar miró de reojo a Marla que la observaba divertida desde la parte de atrás. Subió al asiento delantero y colocó bien sus faldones para no dejarlos caer sobre las ruedas llenas de barro.













sábado, 22 de septiembre de 2012

Querida y ausente

Querida y ausente te encuentras
tan alta te has elevado
que cuesta verte
si no es subido a una escalera
de tablas nuevas.

Querida y ausente,
dicen de ti los que aún duermen
que mientes,
que sólo enseñas recuerdos viejos
y si te descuidas, los dientes.

Una mañana te escuché llegar
y de murmullo entoné este saludo:

Qué tu enemigo; el destino
pague por el pasado
y por quedarse callado
cuando se deshizo el camino.

Qué tu enemiga; la opresión
pague por sus cárceles
y por matar nuestras pasiones
cuando tuvo menor ocasión.

Qué tu enemiga; la injusticia
pague luto por malicia
y por darle la razón,
no a la razón
si no a la más alta voz.

Qué tus amigxs se vean,
y te abracen fuerte,
querida y ausente
aún hoy entono esta canción,
ya se te en llegar los pies
y de arena y agua los arrastras
has venido
y has llegado
yo te doy la mano: Rebelión.

Y para aquellos que duden
y tiendan la mano
antes que el corazón
quiero preguntarles qué...
¿si no se vive del aire?
¿De qué se vive , pues?

sábado, 8 de septiembre de 2012

El vício vacío de la eternidad.

Nadie discute, no
las expectativas nobles de vivir.
Pero no dejaré que te arrastren los cuervos
aunque ellos anuncien el porvenir.

Que silencio más desolador
hay entre vuestras espadas
y los vigías de vuestras miradas
alientan el color rencor.

Diluidas en la mañana, con viejos ascos,
son las nuevas ganas.

Y aunque te abrigas del frío
a la orilla de tu pupila
se vino el dolor a vivir.
Y de tu corazón
-no sale nada-
porque muerto de vergüenza
se quedó dentro de un reloj a dormir.

Nadie discute, no
las expectativas nobles de vivir.
Se ha quedado vagabunda tu vida
cómo una ola eterna
sin fuerzas para bramar.




lunes, 3 de septiembre de 2012

Escuchate temblar.

"Yo amo a todxs aquellxs que son como gotas pesadas que caen una a una de la oscura nube suspendida sobre el hombre: ellxs anuncian el rayo que viene , y perecen como anunciadores."

Mírate bien, no te confundas en el reflejo
-sortea los fantasmas-
esos ojos oscuros son tuyos, ¿ves?
cómo también son tuyas
las lágrimas que los acompañan.

No disfraces tu virtud con la seguridad
-relaja las entrañas-
lo mejor de ti, si crece
a veces también hace llorar.

Y aunque te sientas sucia de temor,
no escuches al miedo consejero,
no apartes de ti tu propia vida
eres de alma profunda
aunque ahora esté herida.

Esto que te digo, guerrera,
es tu sangre porque es la mía
-escuchate temblar-
hay más razón en tu cuerpo
que en tu mejor sabiduría.

Crecer.

Se trenza en el pelo el miedo,
y apreta con las manos un volante de colores.
El sueño la convence
para atacar sus fríos temores.

¡Que duerma la niña!
-Y le enreden el pelo verde las sirenas-
que sueñe la niña,
y nazca de ella una mujer bonita.
Dejad, dejad que muera la niña
y se la lleven a jugar a la orilla.

Si antes temía a la soledad oscura
hoy rebusca en la tiniebla oculta
la alegría que abandonaste tú.
Pido silencio, que tiene en la boca
un girasol enfermo buscando la luz.

¡Dejad, dejad que muera la niña,
que a su flor enferma un testigo conocerá!

La gente sabe que la niña se ha ido,
de lo que ella tenía
ya se a amado demasiado
y en el ocaso de su beso a nacido
una estrella bailarina,
una mujer que quiere ser flecha
esquivando la deriva.

domingo, 2 de septiembre de 2012

OCASO

"Sólo dónde hay sepulcros, puede haber resurreciones."

No sé dónde dejé las cicatrices,
pero pasó el tiempo
-regresó el ocaso-
y necesitó días felices.

Ya pedí limosna antes de irme
y regresé sabiendo qué:
a la muerte
no le importa de qué existes.

Vuelto a nacer,
-desde dentro-
la vida que me agonizaba
la guardé entre los dientes.
Y me quedé en silencio
por no hacer caer
los deseos que quedaron pendientes.

He resucitado bajo miradas que arropan
para llenar otra vez la misma copa,
para beber de las palabras mi sangre,

con ellas la existencia comienza a cada instante.



lunes, 20 de agosto de 2012

Una chica hostil

Soy una palabra sobre el papel. Genero una imagen mental y por eso merezco perder mi condición de persona, después de cualquier coma he asumido que soy un personaje.
Déjense de estupideces, lo real está aquí. Lo real también es lo que uno construye con el lenguaje, lo que van a leer es una realidad íntima, la esencia pura de un ser. Soy una palabra sobre el papel, lo doblaré para esconderme. No pretendo hacer de mi vida un cuento de sobremesa.

Quizás al ofrecerme cómo imagen ficticia haya perdido mi condición pero todo esto que explico se engendra y nace en cada una de vuestras cabezas, palabras : ingenieras de vida, palabra: mínima forma libre.

En realidad el narrador externo es una mierda. Todos percibimos el mundo cómo una gran pantalla que de repente termina con la nariz de tu cara, ese marco suele ser más específico si llevas gafas.
El narrador externo es un cobarde que ve lo que pasa fuera, un psicópata en el tren. No confío en aquellos que tienen una vida para enmarcar, el narrador externo es un fotógrafo que no interviene en la caza de leones pero vende sus fotos a las cadenas de documentales.
Escribir una novela y pactar con este tipo de narradores es lo más parecido a dejar que tu madre siga planchan dote los calzones con cuarenta años. El parásito no se desprende y el esclavo a perdido su momento de reacción.
Por eso esta historia será contada en primera persona,  aunque esta no sea mi historia.

I. Una chica hostil

Si dijera que los días de mi vida no son irrelevantes estaría mintiendo porque al fin y al cabo la vida son unos días que lo cambian todo. Aquel día de mediados de Agosto me levanté entrada la madrugada y me puse a fumar un cigarrillo por la ventana. Parecía que el asfalto maullaba a las farolas, hacía calor esa noche, el aire dulce y pesado del mediterráneo me humedecía la camisa.

Volví a acostarme pero el insomnio regresó para agarrarme de las piernas cómo un perro viejo. Me levanté por un vaso de agua, caminé descalza hasta la cocina y me senté a ver el amanecer reflejado en los edificios que se anidan delante de mi balcón. Con el primer sol se cerraban algunas persianas. El olor a pan recién hecho barría la calle y daba paso a un nuevo día.

La ciudad dónde vivo deja poco aliento a los nostálgicos. Una pequeña iglesia y cuatro calles de casco antiguo recuerdan todo lo que hubo antes de mi. Cuando los camiones llegan para descargar el pedido mis pasos ya son ecos en las calles. Tengo por costumbre tomar el café de la mañana en un bar modesto dónde los ancianos desayunan con el perro atado a la pata de la silla a primera hora y los transportistas beben una mediana después de la primera hora.

El camarero sólo tiene que verme llegar para poner la taza bajo el filtro. Con esto y la luz del sol mi insomnio debilita todo su sentido.


lunes, 6 de agosto de 2012

6

Estaba enmudecida
y me lloviste de palabras.

Anclada el alma tengo,
al sello de la roca
y con el viento que la besa
me golpean miles de verdes olas.

Del pentagrama que envuelve el universo
la única estrella-verso
que quiero,
eres tu.


domingo, 5 de agosto de 2012

Agosto

Cuatro rincones no conocen una vida,
y las heridas son historias con algo que contar.

El viejo que ahora canta solo,
es también el niño que aprendió a nadar.

Las calles que recorres vacías en Agosto,
son hormiguero de luces en Navidad.

Todo lo que muere, recuerda.


Del Dar y Recibir


"El amor es una facultad que produce amor."


Te doy de lo mío, lo más alto,
cómo hace la montaña herida por el verano
y que su flujo regala al mar.

Se puede disfrutar la vida de lejos,
-tomando algunas fotos,
acariciando a la madre-
pero resulta que esta vez estoy dentro
y ya no soy una existencia ciega,
sino una vida activa que brota en mi.

Y porque me detenga,
no piensen que voy a rendirme
y porque me aleje,
no piensen que voy a olvidarme.
He dicho que broto y que vuelo
y que trabajo y que me muero.
Pero porque me muero
estoy más cerca de la vida
cómo una flamante ave,
siempre vuelvo en busca del calor
y una mirada amiga que diga:
-Sigue adelante-
Aunque el resto piense que es mentira.




miércoles, 1 de agosto de 2012

Si juro, sé.

Me senté a recordar y una vez que sentado estaba, me sorprendió tu mirada. Una mirada
de todas las miradas tuyas en las que siempre eres tú. Recordé que conocí así tu persona habitada
y cómo nos dibujaba agosto líneas distintas en la espalda. La cerveza y la noche. Alguien encendió una radio con esa canción que a veces cantabas. Y los niños pateaban la pelota mientras yo me acordaba; de la sal de un plato que cocinamos tarde en la mañana.



Mínima forma libre.




Me gusta de las palabras
cómo bailan en la voz,
cómo respiran y se paran,
cómo arrancan y continúan.

De las palabras surgen
miles de reflejos en mis ojos,
entran y arrancan
entran y, a veces,

se quedan.

Tus palabras
piensan en las mías.

A veces se tiran por tu boca
cómo si fuera un precipicio.
Y otras veces se asoman trémulas
cómo recién levantadas.

Lo que más me gusta de tus palabras
es cuando se disfrazan con silencio,
cómo se ausentan, muertas
y después vuelven
y se reconocen
cómo si nada hubiera ocurrido.

Por que así es mi palabra
una mínima forma libre.


Complicidad.

A una mirada incompleta,
un pensamiento la descubre.

A una mano que gime,
unas piernas la rodean.

A un pulso que corre
una sangre le domina.

A cualquier marcha errante
un camino se le aproxima.

A su lagrima yacente
tu dedo índice la acuna.

En un rincón vacío
se repiten en el tiempo estos versos
que vuelven y van sin permiso
felices, locos y... haciéndose viejos.

martes, 31 de julio de 2012

DE VUELTA DE TODO

He venido a mirarte a los ojos,
para no decir mentiras.

¿Qué te parece si empezamos...
,respirando?

Muérdeme los bolsillos y
sabrás que nunca tuve nada,
sólo palabras:
amarradas a ningún lado.

Con mi voz, sabes
que me cansé de ser, pronto
y me dediqué a estar:
acabado, de vuelta de todo.


Oscura

Cómo la vida, yo también soy oscura
hecha de mi, es cualquiera de tus dudas
y cómo la acera caliente que pisas
ardiendo el pecho, me cuesta respirar.

Amarrada a seis ojos que no buscan respuesta,
las estrellas caen en el mar,
y nosotros nos bañamos con ellas
nadando de risa,
naufragando de risa,
abrazando torpes los cuerpos mojados
lamiendo nuestra fugaz eternidad.

De la peor tormenta,
yo detendría cualquier momento
incluso dentro de tu mismo odio.
Y en el mismo centro de tu odio,
una vez dentro,
crecer hacia a fuera e invadirte el aliento,
zarandearte de risa
sostenerte fuerte
y aún trémula,
columpiarme en el miedo.

Y volver a mirarte
ya fuera de ese columpio
y conocerte de vuelta.

Cómo la noche sin luna,
cómo el mar de noche,
cómo una calle dónde nadie circula
cómo el nido de tu pecho,
cómo una fruta que madura,
la piel con la que habitamos esta lucha
es, también, oscura.



lunes, 9 de julio de 2012

Decir adiós.

Hemos dicho: No,
y al decir: no,
hemos gritado: Sí.
Un sí enorme que
se construye cada día.
Porque así sí
crece todo lo que madura.

No es cuestión de firmeza
ni de cultura alguna,
si la mente empieza por coger la pluma,
no es cuestión de ninguna droga
que tenga de la histeria la cura.

Rebuscamos en nuestra cuna
hartos de no entender la paterna figura
y salimos descalzos a cortar lazos
para beber muchas noches con la plena luna.

Y la calle que nos parió
y acogió nuestros vómitos
es también la gente y la madre
a la que dijimos adiós.

Adiós madre, adiós duda.

Emprender algún viaje,
promover cualquier vida,
ser peregrino del tiempo
sortear la muerte en cualquier tarima.

martes, 29 de mayo de 2012

6.6.12



Caer al vacío. No permanecer sujeto a nada. Movimiento constante. Caer...por su propio peso.

"Más allá de una doctrina para la vida, esta la vida misma."

A nadie le gusta caer pero todo el mundo desea en algún momento de su vida saltar al vacío. Desprenderse de las cuerdas, sujetarse a la incombustible nada, sentir quebrarse el mundo a sus pies.
La caída implica dolor, quizá, pero no es un paso atrás sino un tropiezo, una magulladura leve. Mientras caemos vamos a alguna parte, no caer es inamobible; no caer es la pereza del miedoso.

Todxs nos tambaleamos. Todo tiembla alguna vez.

El vacío existe, la nada esta ahí. Pertenece a algo y no es cierto el qué. Tan necesario es el vacío como necesario es llenarlo. Lo que suena hueco tiene una resonancia límite, lo que esta lleno rebosa en sí mismo. Es allí, en el vacío dónde estamos libres de movimiento.

La atracción a asomarse al abismo, saltar al vacío, caer, salirse del surco es retar a la muerte estática, a la muerte en vida, a la normalidad, a lo seco, a lo triste, a lo superfluo...

Morir es perder y perderse , caer es reconocer y reconocerse, el vacío es resisitir y resistirse, la muerte y el miedo jamás serán un antagonista digno para la libertad.


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Parecía que estaba muerto y le había atacado una jauría de ratones. Salpicado de sudor, con la manos reposadas sobre las rodillas el hombre contemplaba a los transeúntes pasar. Se escondía detrás de una gorra y aún así se advertía una mirada fiera. Mirada móvil que se paseaba por algunxs de los caminantes con desasosiego, sin demasiado interés. Mirada que está aquí pero piensa lejano, quizá muy dentro.

Ese hombre esta perdido, se puede estar perdido cerca pero cuando uno se pierde lejos de sí mismo es mucho más difícil encontrar a nadie. Escudriña el cielo y vuelve a la retaguardia de su sombra. Parece una fiera herida, un soldado desarmado en espera de un ataque, un anciano que maldice el futuro.  Se devuelve a sí mismo el cuerpo cuando se acaricia las manos. Se recuerda que permanece allí sentado, se ha vislumbrado entre el espesor húmedo de sus dudas y me descubre espiando.

Primero pienso en apartarle la vista y disimular, cómo un juego pero soy incapaz de mentirle así. Seguramente esta harto de mentiras, así que me contengo y le miro a los ojos. Unos ojos que brillan con la fuerza de reflejarse en otros. Me cruza entera,  siento que casi esta tan dentro de mi que me duele, soy muy pequeña para que quepan dos. Un magnetismo salvaje me desgrana la saliva. Me ha visto, vuelve a su pose de marioneta rota, me ha visto pero no me ha encontrado.

No puedo contener el llanto rápido de mis venas, mi sangre las golpea a un ritmo accelerado, el tren está apunto de salir. Termino el cigarro que me consume, dejando escapar el humo lento, que deslice gozando entre mis labios. Observo el humo cabalgar en el aire, tan etéreo y libre de forma. Es hora de volver  a casa.

Retrasaría cualquier despedida que implique quedarse ciega. No volveré a verlo. Ya no puedo deslizarme más lento, en el último momento recrimino con un suspiro a esos ojos que se niegan a decirme adiós.

I.

Cora tenía la piel de terciopelo gris, con un cuerpo pequeño sostenido en unas ridículas piernas, los ojos se le dibujaban redondos y negros y un flequillo libre revoloteaba su frente. Cora es cálida cómo unas manos que se esconden entre las piernas cuando hace frío.

-¿Me alcanzas el cenicero antes de marcharte?

Me quedé impresionado, ni una sola reprimenda por abandonarla tan temprano. El aire del amanecer, gélido, se colaba entre las sábanas. Le acerqué el cenicero y volqué mi cuerpo hacia ella esperando algo, quizá un ademán para que me quedara.

-¿No vas a pedirme que no me marche?- Murmuré estupefacto.
-¿Quieres marcharte?- Me preguntó tranquila.

"Quizás, si el sudor no se me pegara a la nuca cómo una mano dirigente y el recuerdo de mi cama no se presentara cómo un lugar al que regresar cansado, quizás me quedaría un rato, viéndola retorcerse en las sábanas. Pero el motivo es más simple que eso: No quiero estar con ella ahora. Y eso que esta vez no suplica con las manos un voto de amante. Ni si quiera me mira con la esperanza de aquellos que dicen adiós a un amigo y saben que aún así, ninguna despedida es justa.

-Supongo que sí.-Contesto y vuelvo la vista a mis botas raídas. Necesito calzado nuevo. Me duelen los pies.
-¿Sábes? -Empieza después de un leve silencio- Podría pedirte que te quedaras un poco más y si lo haces...si te quedas, ese, y no perderte, sería mi gran fracaso.

-No te entiendo.

-Es sencillo, Daniel. Yo no puedo perderte porque no te tengo. No eres las palabras que salen por mi boca ni el pelo que me cepillo cada mañana. Yo solo puedo perder el gato o a mi cuando estoy contigo o, si no quiero perderme sólo puedo perder lo que siento por ti pero claro...el amor por una persona no se pierde como el papel de un caramelo. Tu no quieres quedarte y yo...No quiero negociar un poco de dignidad por una noche de placer. Estoy harta de nuestros constantes tratados de paz. Tu aquí acurrucado en mi pecho, imagínate lo, contando los segundos justos para no parecer impaciente  e intentar no sé...-hizo un pausa- aparentar que estas a gusto y yo esperando que esos mismos segundos sean eternos. El acné ya me hizo sentir estúpida. Además,- tosió- me estoy poniendo enferma.

Cora me sorprende con sus argumentos. Tiene razón. Yo espero de Cora algo que a mi me falta cuando en realidad ella no es la responsable de cubrir mis vacíos, no los que están ahí fuera sino los que están dentro de mi. Persigo las piernas de Cora como un tranvía al que arrojarse. Le robo el aire cómo si yo no tuviera pulmones. Soy un niño que ha estirado tanto de su vestido rojo que la está dejando desnuda. Entonces la miro, entonces caigo en la cuenta y comprendo su temor, debe de ser terrible mirar a alguien a los ojos y no encontrarlo por ninguna parte.

-Tienes razón.-Admito- A veces es mejor lo que se acaba que lo que no termina nunca.

II Sobre la libertad, el ser y el querer.

Existen diferentes formas de agarrarse a la vida tal y como agarrarse a la vida es una opción en sí misma, habitualmente confundimos la seguridad con las cadenas. Aquello que me mantiene firme es la correa con la que me ato no el paso que decido mantener. Aquello que me salva de caer es una rienda corta no un galope largo. Y aún así en este paso intermedio entre la caída y la suspensión existe la necesidad de no despeñarse, de no dejar que todo acabe, cuando el fin en sí mismo es el principio de otro ciclo.Unx puede escoger la soledad y el alcohol cómo tándem para suplir la irritante levedad de su existencia, puede también establecer cierta dependencia emocional dónde succionar de otrxs aquello que le falta para no mirar hacía sí mismo o definitivamente renunciar a los vicios y costumbres dañinas que le convierten en esclavo para ser quien es en realidad.

Si escoges felicidad, si apuestas por la alegría es probable que debas alejarte de costumbres y personas que crees tan tuyas que se te han adherido como partículas de piel, cómo oxígeno abundante rodeando tu nariz. Si apuestas por la autonomía tendrás que empezar a aceptar que ni si quiera es tuyo el reflejo que ves en el espejo y que quedarse sin oxígeno, marearse, sentirse solo, vacío o lleno de mierda abundante es sólo el reflejo de un conflicto interno que acabará por encontrar una salida. La negación  de un proceso conduce a la frustración. Todas aquellas sensaciones que te envían a la cama cómo refugio de la realidad son sólo el resultado de la presión que ejercemos hacia nosotrxs mismxs. Evitamos ser personas, huimos de aquello que nace en nosotrxs y no se corresponde con el rol que juramos defender en la sociedad y así vamos llenando de incongruencias el mundo, defraudando amigxs, perdiendo compañerxs, suicidando nuestras ganas de crecer. 

Cuando Cora se fue me sentí cojo y desorientado. Síntomas los cuales no se pronunciaron en lágrimas sino en un dolor de estomago que me tuvo una semana encerrado en la habitación sin poder concentrarme en nada. Sudor frío y latigazos en mi barriga, eso era el único vestigio de que yo seguía funcionando cómo ser vivo. Perdido en un letargo de anuncio previo, desprovisto de ninguna desgracia, lamentando algo que ya no podía cambiar.
Vagabundear en la orilla de tu propio desconsuelo es una herramienta estéril , toda acción que contribuya a perpetuar tu desgracia es un circulo del que hay que huir con mayor rapidez que de la desgracia en sí. Al final...se toman más en serio los problemas que las soluciones.

-¿Sabes dónde está el azúcar?- Tara interrumpe mis pensamientos asomando su redonda cabezota por la puerta de la habitación.
-No.-Contesto rotundo. -¿Qué?- Antes de que cierre la puerta le he adivinado en los labios otra clase de pregunta. Esta indecisa.
-Nada. Déjalo. Tu y yo no hablamos de esas cosas...buscaré el azúcar.- Se retuerce el pelo con las manos y cierra la puerta con el mismo misterio que la ha abierto.

"Tu y yo no hablamos de esas cosas". Ya. Tara y yo nunca hablamos más que para preguntarnos dónde está el mando de la tele. No siempre había sido así. Lo que ahora mismo sé de Tara es que le gustan las películas de miedo, que aprendió inglés en un intercambio y que si no fuera por ella los vecinos acabarían por inventar historias fatalistas sobre nosotrxs a expensas de mi nula interacción con ellos. Sé que Tara está enamorada de uno de sus amigos de toda la vida, esos que te tiran pelotas de papel en el instituto cuando el profesor se vuelve a resolver una ecuación y se esperan en la puerta de tu casa las noches de verano sin que tus padres se enteren. También sé que está esperando una solicitud de ingreso a la facultad de filología y que trabaja por las tardes en la tienda de una sastre francesa que es fumadora compulsiva.

Qué contradictorio, ganaría cualquier concurso sobre Tara, incluso podría hablarle a alguien de ella y que pareciera que detrás de nuestra relación existe una complicidad construida a base de momentos felices y otros más nostálgicos y sin embargo todo sería mentira. No sé quien es Tara. No sé que le preocupa, ni que le hace sombra en la cara, no sé si está cómoda en su cuerpo, no sé que ve ella cuando mira a través del objetivo de su cámara ni sé en quien piensa cuando canta una canción de Bon Jovi... Aunque tengo la sospecha de que cuando se retuerce el pelo en un nudo está preocupada.

-¿Lo has encontrado?- Le pregunto desde la puerta. No contesta. Eso quiere decir que hace rato que ya ha encontrado el azúcar. Me pongo unos pantalones y salgo al salón dónde la encuentro dibujando en un bloc que esconde con rapidez al verme entrar.

-¿Qué haces?-Me pregunta desorientada.

Me siento en el sofá junto a ella y observo cómo me mira con compasión, esta esperando un gesto, una sonrisa nerviosa, el pistoletazo de salida que indique que puede ofrecerme su mano sin que yo me lo tome como una limosna.

-Me siento raro.-

-Define raro- Tara se acomoda en el sofá con los pies en alto.

-Extraño, diferente, descolocado, fuera de lugar...
-Cómo yo ahora al verte aquí, fuera de tus aposentos...- Me confiesa mientras aparta el bloc a un lado.
-Nunca te he preguntado porqué empezaste a dibujar...¿verdad?


-No. Y preferiría que ya no lo hicieras. No es por resentimiento ni nada, es que... ahora estoy llena de motivos que antes desconocía, en realidad cuando empecé no tenía ni idea de nada así que no podría aunque quisiera darte una respuesta porque yo tampoco la sabía. Es más,ahora, en estos momentos tengo más argumentos para pintar que cuando empecé. Ni entonces ni ahora sé porqué decidí intentarlo, ahora ya no me lo planteo cómo un anexo de mis facultades...¿Qué miras así? Me das miedo.


-La última vez que hablé contigo tu mayor preocupación era el sabor de un sugus...Creo que me he perdido...
-Has estado perdido mucho tiempo, hermanito, ¿sabes que España ganó un mundial, no?








martes, 15 de mayo de 2012

Sentimientos en lucha.

El odio necesita un amante fiel,
sino solo es desprecio transitorio.
Las lágrimas de sangre son de la Virgen
inútil monopolio.

Cuando la luna se desangre
en mil cuchillos de luz
y caiga la noche eterna
sobre los rincones del hambre
el hombre entornará la puerta
de lxs no bienvenidos
y ya no pensará en la ventana y su vacío.

El paso del amor a la memoria
es a veces una dura duda transitoria.

El peso de la memoria sobre el amor
es siempre una leve duda consistoria.


jueves, 12 de abril de 2012

Abril.

Abril es un icono vacío,
unos brazos que abrazan cortos.
Abril es una puerta mal cerrada
y el aire que se le escapa.

Abril son todos los silencios quebrados
por un suspiro,
y todas las palabras claves
para cuando no estábamos solos.

Abril luce nuestro pasado ausente,
asomándose por mis pestañas;
cargando de arsenal
mis bailarinas pupilas.

Lo que eché de más,
en Abril,
lo echo de menos.
Mucho más de menos.

Abril es un vigía alerta a tu regreso
que anuncia y recuerda...
que fuiste Tú.
Y Tú te fuiste.

domingo, 25 de marzo de 2012

Las ansias de Luz-ía

III Las ansias de Luz-ía

Las ansias de Luzía por crecer son las de un niño con seis años por conducir una motocicleta.

Luzía quiere crecer y sentir el dolor en sus huesos y saber que a cada paso que da se aproxima más a una meta que aún no sabe reconocer. Piensa que algún día subirá tan alto que sólo le quedará el vértigo para recordar que hace allí arriba, subida al precipicio. Pero no le importa mientras guarde consigo el motivo de la escalada.

Luzía no sabe si quiere ser cómo el viento. ¿Quiere dejar huella? ¿Quiere impregnar su vida y la vida de los demás con su peso? ¿O prefiere ser como la luna? ¿Quiere ser el motivo por el cúal se tuerza la marea? Qué complicado es ser Luzía. Que complicado es tener una vida.

Cúando Luzía era pequeña y no tan pequeña, a veces, se escudriñaba delante del espejo, se apretaba la cara y se deformaba los ojos, inventándo una nueva Luzía. Una que nadie había visto y pensaba: "¿Esta soy yo? ¿Esto es lo que ellos ven cuando piensan en "Luzía"? Aquella experiencia era cómo sentir su voz por primera vez grabada, no se reconocía en ninguno de aquellos sonidos pero los demás la identificaban en seguida. "Tengo un nombre, me llamo : Luzía. ¿Qué hay de eso? ¿Tiene algo que ver conmigo?"

Tal vez siempre quiso conducir esa motocicleta con demasiada rapidez. A veces se reprocha a sí misma la velocidad con la que quiere vivir las cosas pero sólo lo hace con la esperanza de poder apretarlas más en su corta línea de vida y que si por nacimiento le correspondía aprender veinte cosas, le diera tiempo a aprender otras cincuenta. Porque así era el hambre de Luzía, de conocimiento.

Va a encontrarse con Julián y se esta vistiendo con rapidez para poder acabar una tarta que ha preparado para la ocasión. La ropa de ayer huele a sexo y la lanza al cesto dónde Bola duerme calentito.
Se ve bien con esa falda. Hoy se ha aventurado a enseñarle a sus piernas lo largo que es el mundo. Estas se lo agradecen, hartas ya de caminar a ciegas entre tejanos. Disimula su delgadez con unas botas campesinas que le llegan hasta las rodillas. El pintalabios que le ayuda a dibujarse una sensual boca huele a coco.

Está a punto de salir por la puerta y vúelve para mirarse en el espejo del recibidor pero esta vez ya no se ve con sus ojos sino con los ojos que van a recibirla cuando pase a formar parte del mundo exterior. Los ojos de la madre que acompaña a su hijo al partido de futbol, los ojos de los paletas que descansan tomando una cerveza, los ojos de amor de Julián. Vuelve al armario y destierra la falda a un lugar dónde no pueda recuperarla por un tiempo; el altillo.

¿Porqué hace eso Luzía? Se veía bonita con aquella falda hacía unos segundos. Parece que al abrir la puerta a entrado por la casa los sucios prejuicios que acosan el mundo. No se siente segura mostrando sus debilidades. Ella sabe que es bella, si no fuera así, la madre que acompaña a su hijo al partido de futbol no la miraría con desden, los ojos de los paletas que descansan tomando una cerveza no se volverian detrás de su melena, los ojos de Julián ya no serian de amor. Pero no importa, no va a ponerse esa falda, al menos hoy no.

Se siente un poco decepcionada con ella misma por no ser capaz de vencer algo tan absurdo cómo el miedo al miedo y ve menguadas sus especativas de escalar el tiempo. Corre despavorida por el miedo pero quiere reconciliarse con el vértigo. ¿Es eso posible?

La noche estaba oscura y hundida, cómo los ombligos de la luna, tomó un taxi hasta la casa de Julián.
-¿Usted que piensa de las mujeres con piernas estrechas?- Le preguntó repentinamente al taxista que parecía un hombre de unos cincuenta años con bigote espeso y despeinado y ojos negros pequeños.
-¿Respecto a qué jovencita? Respecto al amor, al sexo, a la moda, a las piernas en sí...si no me da usted más pistas...- Se hizo de rogar.

Luzía reflexionó sobre la pregunta del taxista, se había dejado llevar otra vez por la banalidad del asunto. Si realmente quería vencer el miedo a enseñar sus piernas debía profundizar en lo que le asustaba de verdad. Su miedo no era tener unas piernas feas, su miedo era que nadie fuera capaz de aceptar esas piernas. Quedarse sóla en el mundo por unas piernas era estúpido pero comprendió que su miedo se basaba en la aceptación vital de los demás por sus defectos y la suya própia.

-Respecto al amor.- Contestó después de un largo silencio- ¿Sería capaz de amar unas piernas estrechas?
El taxista se volvió, casi sin contemplación, para observar las piernas de Luzía que las mantenía cruzadas en diagonal.
-Mire jovencita, cuando yo era un crio y rotaba en burro por los pueblos me volvián loco las mujeres pequeñas y delgaditas, así, frágiles cómo el tallo de una margarita. ¿Y sabe de quien me fui a enamorar? De la moza más grande del pueblo de Puertollano. No sé si le sirve pero creo que tiene algo que ver con lo que me ha preguntado.

Luzía sonrío satisfecha y le entregó los billetes antes de bajar del taxi. Sí, le servía. Aún no sabia exactamente para que pero aquella información tenía una utilidad.
Cúando Julián abrió la puerta del recibidor y Lucía contempló en sus ojos el brillo de la ilusión, lo supo. Tuvo una certeza, se sintió iluminada.

-¿Pero que es lo que me estás pidiendo?- Consiguió formular Julián después de una media hora de discusión.
-Nada. No te estoy pidiendo nada...-Contestó Luzía sirviendose otra copa de vino.
-Pero sí que lo haces.- Le volvió a recriminar mientras le buscaba la mirada, mirada que Luzía paseaba por la estancia intentando alejarse de sus preguntas.
-No quiero pedirte nada Julián porque cuando uno pide algo no está ofreciendo nada a cambio y lo que quisiera pedirte es demasiado egoísta cómo para añadirle suplementos.- Y se acabó de un trago aquel líquido rojo que bailaba dentro de la copa con cada uno de sus nerviosos pasos.
Julián apartó la copa de su mano, la tomó por los codos y la sentó a su lado.
-¿Qué es? Sabes que puedes pedir lo que sea...-Dijo derrotado.
Luzía volvió a mirar las paredes cómo si esperara que de ellas salieran espías rusos que la señalarian con el dedo acusador de la moralidad y retrocedió unos centimetros el cuello, al percatarse de la cercanía del aliento de Julián.
-Quiero que no me dejes de querer nunca. -Sentenció casi cómo sus palabras fueran a derrumbar el mundo.

Julián abríó los párpados incrédulo ante aquella afirmación. Y se separó de ella lo más que pudo, en un acto reflejo de dolor, cómo si algo entre los dos estuviera ardiendo y acabara de rozarle la punta de las pestañas.

-Sé que es muy egoísta...-continuó explicándose Luzía.-Pero hoy...hoy he entendido que en realidad sólo tengo eso. Que tu amor por mi...¡lo necesito! ... si yo perdiera eso...si yo perdiera ese regalo que me estás haciendo...¡sería cómo perderme a mí misma! Es el lazo que nos estrecha más fuerte...El día que dejes de quererme nuestra relación será completamente distinta, incluso puede que dejemos de visitarnos..., puede que un día nos encontremos en el mercado y ninguno de los dos reconozca al otro al pasar. Y eso me da pánico, Júlian, me da pánico.

-Es mi amor hacia ti...¿pero no tiene nada que ver contigo?- Se preguntó Julian en voz alta casi cómo una afirmación.

-Me he acostumbrado a contar con el...

Julián no sabía que contestarle. El amor hacia una persona no se pierde como se pierde el papel de un caramelo, ni si quiera se va con una ducha de agua fría. Tenía claro que el amor que sentía por Luzía nunca sería arrebatado por otra persona que no fuera ella misma. Si desaparecía, si moría, sería algo entre el y Luzía, nada más, como el resto de sus cuentos. Aquello le pareció alentador.

-Haré lo que pueda- Contestó finalmente sonriendo con los ojos.- Pero...¿no fue por que me enamoré que te perdí?

martes, 20 de marzo de 2012

Luz-ía y Julián

II Luzía y Julián
-¿Has sentido alguna vez la sensación de que tu própia duda impregna al otro de manera que es obvia que existe alguna torpeza?-

Julián tragó saliva. La sentía en aquel momento. La sentía mientras su cerebro reconocía la canción que ponían por la radio y la tatareaba en alguna parte de su cabeza. La sentía mientras imaginaba la cara que debía tener puesta a modo de excusa para ocultar cada uno de estos pensamientos. Se imaginó en un espejo. Ridículo, pensó.

Sentía aquella sensación como una gran traición de sus ojos que cómo vueltos hacia dentro le contaban a Luzia sus verdaderas intenciones.

Julián estaba enamorado de Luzia desde hacía años. Enamorado de su pelo y el lunar diminuto en la nuca, enamorado de su impuntualidad y el mal genio que le propiciaba el transporte público. Estaba enamorado de su perro: Bola y aún más de sus estrategias para sortear la vida. Julián estaba estúpidamente enamorado de Lucía, cómo los que se enamoran de verdad. ¿Sería posible que ella nunca se hubiera percatado de ello?

No. Rotundamente no. Luzía lo sabía, claro que lo sabía. Con la misma certeza que apierta el freno del coche y sabe lo que pasará a continuación: frenará. Pero Luzia no se jacta de ello, ni si quiera lo obvia. No ignora los sentimientos de Julián, aquello le parecía jugar sucio. Simplemente lo traducía a la relación cómo un proceso más que Julián tenía que experimentar en su vida, sólo que ella lo sabía transitorio y el creía que iba a durarle para siempre.

-He conocido a un hombre- Rompió con aquella frase sus pensamientos.-No parece preocuparte- Añadió con una sonrisa traviesa en sus tremendos labios.

Julián sonrió. No, no le preocupaba nada en absoluto. Había vivido ya la experiencia de muchos hombres con Luzia, incluido él , para sospechar que éste no iba a ser diferente. Por muy rápido que corriera cualquier bestia, Luzía siempre llevaba unos kilómetros de distancia. La eterna huída de Lucía hacía la soledad era su esperanza de atraparla en algun descansillo al borde del camino. Egoísta, ciertamente, se recriminaba a sí mismo pero incapaz de retenerla había decidido que si algún día a ella le flaqueaban las piernas se aprovecharía de la ocasión para recordarle quien sabia de su meta desde el principio.

-Lo lamento por él.- Añadió sorbiendo un poco de su batido de vainilla.

-No seas cruel...-Contestó ella mirando la hora en su telefono móvil.

-No soy cruel Luzía. Sólo que...tu estás ahí, esperando que te ocurra algo que no va a pasar si tu no pones de tu parte. Tu dices que corres en una dirección pero si fuera así, acabariamos por alcanzarte. Yo creo que empiezas a dar vueltas como una loca y así no hay quien te siga...

-¡Ves! Es que no lo entiendes. No se trata de que alguien me siga, se trata de que haya "alguien"- Y dijo esta palabra con solemne tono- que me de un motivo para quedarme quieta. "Alguien" que me haga olvidar toda la carrera de mi vida. A veces, cuando miro atrás pienso : " Mira todo lo que has esquivado ya y lo que has caminado...camino, ruedo, serpenteo y me pierdo...Me he perdido tantas veces...pero aún no he conocido a nadie por quien merezca la pena quedarme quieta y esperar a ver que pasa. Sólo pido que nadie me empuje a la vida.- Acabó de encuadernar aquellas palabras con un guiño simpático y soltó unas monedas sobre la mesa antes de ponerse de pie.

-¿Te vas?-Se lamentó Julián observando la cerveza de Luzía medio llena todavía.
-Me está esperando- Fué su respuesta mientras se envolvía en una verde bufanda que ocultaba su elegante cuello.

La huída de Luzía era el reflejo de la soledad que habita en todos. Luzía ya había experimentado el amor físico, el intelectual, el bondadoso, el casado, el enfermizo y el comprado.
La gente cree, que cuando dos personas se enamoran lo saben desde el mismo momento en el que se descubren el uno al otro en el mundo. Luzía duda de esa certeza, ella descubre muchísima gente nueva en el día y no se enamora de cada uno de ellos. Debe de faltarme corazón, piensa.

Debo de repartirme mal los esfuerzos para ser descubierta por alguien. Algo falla y debe de ser ella. Luzía no está ahora en el momento racional en el que piensa que sencillamente no se ha producido la coincidencia física entre ella y su, llamemosle, mandarina. Luzía cree que está haciendo algo mal. Lo cree porque hoy es un día de color rojo, un día confundido, ha pasado una mala noche y se agarra los ánimos para que no pasen del suelo, casi se tropieza con ellos.

Pero cuando Luzía llegue a casa, después de embestirse cómo dos bestias en una alfombra con el mecánico de impresoras comprenderá que sólo está cayendo en un estúpido círculo obsesivo que la desestaviliza. Que toda la duda que tenía puesta en sí misma se evaporará cómo el sudor de su ejercicio sexual y caerá por el desague de la ducha. Entonces, cuando le invada el frío y se vista con su pijama de algodón caliente y ceñido, se mirará al espejo antes de meterese en la cama y sabrá que no debe dejar escapar a la percepción de su entrecejo, que cómo un pequeño demonio le estira la cara y la hace irreconocible para sí misma.

Pénsara: "Relativiza Luzía, respira un poco Luzía, cómo lo hace el viento. Sólo tienes veint-i-cinco años y quieres sentir la vida cómo un viejo sabio de setenta. Tranquila, la profundidad te la dará el tiempo, va a sellarte cada año con un beso. Cómo lo hace el viento en las rocas."

lunes, 19 de marzo de 2012

Luz-ía.


Cogía el tren todos los días. Cogía el tren hasta la gran ciudad, cogía el tren y no su preciosa bicicleta porque ir con ella hasta la ciudad sería condenar a muerte a sus rodillas. Siempre se había acomplejado de sus enquencles rodillas y era difícil verla con falda, íncluso cuando acosaba el calor.
Aquella mañana , despuntaba una tímida luz en el cielo que vencía la madrugada. La luna se retiraba en retaguardia por el oeste cómo una lámpara pálida y Lucía buscaba desesperadamente su paquete de galletas en aquel bolso gigante que llevaba cruzado sobre el hombro.
Cuando por fin, con gesto triunfal, lo encontró cómo si de una intuición animal se tratara, se percató de que a unas pocas filas de distancia un hombre la contemplaba divertido desde uno de los asientos.
"Lo conozco de algo" pensó Lucía devolviendo la vista a la ventana. Escudriñó los recuerdos de sus últimos dos años de vida, peleandose con la memoria trivial que se encarga de recordar la programación de los sábados y agarrándo con fuerza aquellas situaciones que le encogieron el corazón algún dia muy temprano. De repente, "lo vio", recordó la cabeza de aquella torre de hormigón entre sus piernas y el sabor de la cerveza una noche de verano.
¿Era posible que se hubiera olvidado de Tomás? En efecto, su memoria no alcanzó a reconocer aquel hombre de metro ochenta que separaba con gracia las piernas cuando se sentaba y acompañaba sus comentarios ingeniosos con un tic en el ojo que a Lucía terminó por no hacerle ninguna grácia.
Intentaba recordar lo que había sentido por él entonces pero era incapaz de evocar ningún recuerdo que se extendiera más allá de la imágen de una pareja rídicula de adolescentes. En su memoria adulta no era capaz de revivir, aunque sólo fuera por necesidad, las sensaciones por las que un día se sintió alentada a levantarse y salir en busca de Tomás, a cualquier hora y en cualquier parte. ¿ Era posible que aquella figura tan grande que ahora se le antojaba vieja y desconocida le hubiera humedecido el sexo? ¿ Era verdad que aquel desconocido la había apretado contra él en otras callejuelas? Le parecían recuerdos irreales, casi dibujados con la tinta de la imaginación. Pero sabía que eran ciertos sólo que la distancia del tiempo había dejado una huella corta y la vida de cada uno había desarrollado raíces distintas que los alejaban más que los años.
Lucía no volvío a levantar la cabeza, sacó el libro que leía desde hacía una semana y con el vaivén del tren se perdió en las profundidades de cada palabra hasta llegar a su parada. Cuando levantó la vista, el hombre- torre ya no estaba. Suspiró aliviada y se enfundó los guantes antes de salir del tren.
Miró el reloj de la estación, faltaba aún media hora para que empezara su turno en la oficina y parecía que el mundo no iba a detenerse para que pudiera leer tranquilamente. Así que casi sin consultarlo con sus ganas se dirigió al bar de la esquina de la estación y pidió un café americano que le levantara las pestañas del suelo.
Esperaba su café mientras curiosiaba el local, hacía ya unos días que había decidido redescubrir la ciudad cada día aunque por ello se entendiera observar un mísero calcetín blanco colgado de un balcón que ayer no estaba. O redescubría la gran ciudad cada día o ésta misma se encargaría de hacerla a ella cada vez más pequeña, hasta reducirla al sonido de unos pasos inquietos que ansían volver a casa.
Y allí estaba Lucía, sentada en la barra de un bar cualquiera esperando que la descubrieran. Se divertía pensando que quizás podía quedarse allí todo el día, llamar al despacho, decir que había contraido una enfermedad por culpa de un mosquito y zafarse de aquella silla de oficina con la que no le llegaban los pies al suelo. Todo era culpa de la silla.
Acariciaba la idea con un sí, un no y la indecisión que removía la cucharilla con el azúcar en el café caliente. Dió el primer sorbo y decidió que sí, bajó la taza de sus narices, vió a Javier y decidió que no.
Se levantó del taburete con decisión y buscó con rapidez su monedero entre los objetos apretados de su bolso, una vez más, esperando que Javier no la hubiera visto a ella. Pero Javier se dirigía con rapideza y mal disimulo hacía ella, lucía una sonrisa de anuncio que Lucía detestaba y se había vestido de traje, cosa que ridiculizaba más su extraña forma de caminar.
-Eh , Lucía.- La llamó desde las espaldas. Ella se volvió dibujando su mejor sonrisa, esa que tantas veces le había dedicado al espejo cuando era una niña y le ofreció dos besos rápidos y vulgares a modo de pista sobre sus intenciones, que ya no eran ninguna intención.
-¿Cómo te va?- Le preguntó ella frivolamente mientras miraba, de reojo, el reloj.-
-Bien, cómo siempre supongo...- Contestó él pasandose la mano por la nuca cómo si fuera a darse cuerda para no detenerse en el mal aprieto, comenzaba a ponerse rojo. - No me llamaste...- le dijo finalmente.
Lucía abrió sus ojos negros y grandes de par en par. No podía creerlo, lo había sospechado desde que se había acercado a ella con esa decisión, aquel muchacho era otro de sus coitos festivales sin memoria definida. No debería haberle dado dos besos, bastaba con estrecharle la mano pero había olvidado porque un día decidió enrredarse las piernas con él y ese olvido también lo arrastró a él.
-No tenía nada que contarte...- Contestó rápidamente mientras cogía su chaqueta y salía por la puerta, esquivando a los demás clientes con una ágilidad felina que la sacó al aire de la calle en fracciones de segundo.
Comenzó a impacientarse con su memoria, cómo si de un duende se tratara estaba jugando a ponerla en las situaciones más variopintas de su recorrido vital en cuanto a sus experiencias sexuales se trataba. Lucía bajaba la calle ancha dándose pequeños golpecitos en la cabeza cómo castigo por su inneptitud mientras intentaba aceptar el rídiculo de aquella situación pasada.
Otorgó a aquellos acontecimientos la categoría de casualidades, por su poca repetición en el espacio-tiempo y se juró así misma que la vida no sería tan perra de volver a repetir otra vez la misma situación por tercerca vez en un mismo día. Prometerse cosas cómo principio de un sentido común la tranquilizaban : "seguro que encontraré la calle que estoy buscando", "hoy sólo me comeré tres galletas con mantequilla", " Ya me he encontrado con dos tios con los que me acosté, un tercero sería cosa de una cámara oculta".
Y convencida del rigor matemático y casi real de aquella ecuación de sentido común acabó dándo con sus pasos en el paseo marítimo. Llegaba tarde al trabajo, o así lo anunciaban las campanadas del ayuntamiento que se oían cómo el grito de un ogro lejano allí en el puerto.
Decició dar un paseo hasta la playa y terminar las últimas páginas de su libro escuchando el bramido del mar que la estrecharía entre sus brazos de sal.
Dsitraída con la fachada de un edificio antiguo tropezó con una anciana que a duras penas podía levantar las faldas del suelo, encorbada cómo un movimiento natural que la devolvía a la tierra la mujer la riñó con el bastón en alto. Cosa que sirvió de consuelo a Lucía que se refugió en la idea de que la anciana todavía podría levantar el puño insurrecto si hubiera guerra.
En esos pensamientos estaba cuando unos ojos verdes le sonrieron en un cruze de miradas, Lucía dió una vuelta sobre sí misma. Este tampoco le sonaba de nada, ninguna imágen se le aparecia en la cabeza y el tampoco había vuelto su cabeza para encontrarse con el interrogante de ella. Durante unos segundos que le parecieron eternos se debatió con las piernas echas un lío si volver sobre sus pasos o seguir caminando.
Aquellos ojos verdes le habían intrigado. Cómo poseída por un impulso se propulsó hacía delante y adelantó su pecho por delante de las enquencles piernas que tanto odiaba. Dió una palmadita en el hombro del muchacho , esperando que la recibiera con su nombre y una pizca de tentación bailándole en los ojos.
El muchacho se giró y con una sonrisa programada y ningún interés en sus ojos le tendió un papel en las manos a Lucía que cómo absorta lo vió desaparecer entre las gentes del paseo. "Irish Pub" decía el anuncio. Respiró profundamente y apretó el papel contra su pecho."Gracias" murmuró. Empezaba a dudar de su capacidad para retener la informacion necesaria para la supervivencia en sociedad.


viernes, 16 de marzo de 2012

Hoy, me sobra corazón

Sé, que de un tiempo a esta parte
mis brazos te parecieron jarras;
cerrados y vacíos
que caían
en tus desesperados intentos de agarrarte.

Te siento hoy, desde la lejanía de un cuerpo muerto
cansado de reconocerlo:
nada en este mundo
ni si quiera el miedo
merecía el daño que yo te he hecho.

Te ha quedado desfigurado el mundo,
cuando he impactado en ti,
beso contra verso.
Quería callar este paisaje invernal
que nos tiene mudas
en dos orillas.

Me dí cuenta,
quizá muy tarde ya, (cómo todos los que se van y regresan)
que no puedo recuperarte con viejas tretas
que te sabes de memoria
mi sonrisa dominguera
cómo las curvas de mi pelo.

Debería dejarte ser,
pero aún hoy creo que ser tu
tiene algo que ver conmigo.

Tal vez el amor nos ha desnudado hasta los tobillos
y yo sólo espero el ataque de aquellos que saben entregarse,
a una causa justa
que bien puede ser tu corazón roto.



martes, 13 de marzo de 2012

Nos olvidaron las calles



Compañero,
deja ya de morderte el miedo y apretar los dientes,
Yo ...Espío el recuerdo
Y no te encuentro delante, valiente.

Sólo veo cómo silvas con el aire,
desprevenido del tiempo,
ignorando el compromiso
de cerrar una herida color dolor.

Sucede, que a ratos me encuentro
con ciertas miradas
que me preguntan
dónde estabas.

Y yo,
-devolviendo me al pasado-
no tengo fuerzas ya para contarles
que viajé a tus lugares
y volví envuelta en llamas
que no calientan nada.

Abrazada, yo
a un cuerpo que no es el tuyo
comprendo el mal que hace
cuando no hay más remedio que amar mucho,

revisa las calles que nos oyeron los pasos
ya no queda ninguna huella
de nuestras voces a la madrugada.

Amigo, compañero
voy a confesarte un secreto:
Nos olvidaron las calles
y llegó el invierno.
Quien huye de un corazón trémulo,
corre el riesgo de morir de frío.



lunes, 12 de marzo de 2012

Atentos los ojos.

Al borde de la locura,
en el barrizal de presión,
-nido de perjurios-
allí, anidan los monstruos.

Con el miedo a la libertad
atamos a la piel más fuerte
el nombre de "esclavo".

Busco atenta, respiro atenta
¡hoy quiero la rebelión!

De mi propia sombra
-si fuera preciso-
harta ya de seguirme los pasos ciegos.

Cierro los ojos...
pero los ojos del alma
nunca duermen.


jueves, 1 de marzo de 2012

Lo grito, aquí y ahora.

Hoy el aire a vuelto viejo,
huele a todo lo que se llevó un día.
Lo ha devuelto todo
roto y derrotado,
en forma de fantasma
que golpea el cristal de la ventana
en forma de brazo rama.

Lo ha devuelto muerto...
pero no enterrado.
Así se mastica el tiempo
que trae las cenizas
y las palabras
que ya no cuentan nada.


Bosteza el aire y brama,
como un Dios destruido,
como un Demonio cobarde
que pasa peinando mis entrañas.

Doy vueltas a la calle...

Y nada.
Nada.
Nada.

Dicen de los muertos,
y son los únicos que se salvan.


jueves, 23 de febrero de 2012

Muerte bajo mi ombligo.

El tren se ponía en marcha con su run-run acústico que me sumergía en mis quehaceres de viajero: mirar el paisaje por la ventanilla, desear un cigarro al bajar, acomodar mis pies en el asiento delantero y golpear la cabeza contra el cristal.

Dentro del gusano metálico me sentía distinto del mundo que se quedaba fuera, a un andén de distancia. Las personas que se dibujaban en el paisaje me parecían pequeños puntos glotones que devoraban con sus movimientos el espacio; trasladándolo, agitándolo y deteniéndolo a su antojo, le daban vida.

Protagonistas de sus propias obras, para mi parte del atrezzo ferial que tejía el mundo.

Huyo de la ciudad porque no me gusta cómo me reflejo en sus espejos: escaparates, vitrinas, cámaras de vigilancia...
Huyo de la ciudad porque su ruido está vacío y sordo y mudo. No tiene nada que decir aunque golpeé con fuerza los edificios altos de cristal.

Los camaleones han muerto aquí en la ciudad,
ahora es cementerio gris de poetas.

Quiero alejarme de este vacío que se esta volviendo
tan poco tuyo...y tan mío.
Ya no recuerdo cómo es que dabas calor,
y quiero que sea sólo el silencio
el que me escuche llorar.

Aquí,
en esta ciudad enfermiza y loca
no quiero perecer.

¿Cómo es que al mirarme tu
todo tenía sentido?

Incluso esta muerte vivida
de maletines de cuero,
y saludos formales,
de dietas
y periódicos locales,
de violencia
de romanticismo a la opresión.


Si tengo que morir encerrado,
que sea tras mis pestañas
y que me fusile el viento
de un golpe seco.


Mujer al-(hada).


Eres cómo los pies juguetones
que salpican despistados,

y cuando quieres robusta,
te plantas seria
a escuchar el silencio.

Eres sonriente descarada,
cómo la media luna.
Y disimulas,
que cuando eres lluvia,
no te conformas con desgarrar el cielo.

Lo fecundas,
porque eres eterna
y diminuta,
cómo una fracción de tiempo
que transcurre para siempre,
y acaba ahora.

Cuando eres ganas,
le das a todo,
con la vida llena.

Adoro tu salvaje verde
en esos dos ojos
y tu flequillo rojo,
tu flequillo libre.

Qué bienestar saber
que contigo,
puedo romperme
en cualquier parte

sin miedo
a perder los trozos.


miércoles, 22 de febrero de 2012

El mundo de los hombres hombre.

Odio el mundo de los
hombres hombre.

Odio que se nieguen a si
mismos,
el respeto que merece
la sangre de mi sexo.

Odio el mundo de los
hombres pájaro;
que con batir sus alas
rompen mi voz.

Odio el mundo de los
hombres hombre
por verlo
desde un agujerito,
sin luz

y tener que aguantarme la risa.


Odio la carne dura y pesada
de los hombres hombre
y su educación
por madres conquistadas.

Detesto el mundo
de las voces altas
y los golpes.
Detesto el mundo
de los reojos recelosos,
de la propiedad.

Detesto el mundo
que me violenta,
por negar la feminidad
que lo concibe.

lunes, 20 de febrero de 2012

Esto no viene de ahora.

Nuestro odio no entra en combustión por un uniforme ni se alimenta de luces de sirenas, nuestra desconfianza en los cuerpos del Estado se basa en sus principios de opresión. Nuestro odio, va más allá de una imagen, sin olvidar quien es quien. Su fuerza motora es la muerte de la libertad, la nuestra : ser amxs de nuestras propias vidas. Nosotrxs no queremos niñeras, no queremos su "seguridad" basada en el terror, no queremos lazos de dependencia, no queremos esclavxs que nos esclavicen. Nuestros motivos están razonados por un desacuerdo de actitud ante la vida, no por un reglamento.

Ellos nos muerden por querer ser libres
y sueltan a sus perros para mordernos la voz
porque saben,
que nunca,
podrán llegar a esa certeza
que guardamos nosotrxs en el corazón.