I. Socorro y Nadie.
La mujer del obrero se limpia las manos manchadas de sangre del pollo que acaba de preparar. Se muerde los labios, le escuecen las heridas que aún no han sellado en su curtida piel. A fuera, la lluvia se rompe en la ventana de la cocina cómo una composición fúnebre, la tierra se ha quedado muda.
El servicio electrónico es deficiente y la mantiene incomunicada. No hay teléfono ni luz y el sol ha quedado resguardado por un abrigo de nubes densas. El horizonte se ha quedado gris.
Sazona la pechuga mientras intenta retirarse un pelo que le cae sobre los ojos. No lo consigue y rompe a llorar. No tiene fuerzas para sostener el cuchillo que se le cae de las manos. Consigue sentarse a tientas.
Solloza. La mujer del obrero solloza en silencio y la garganta le quema, se retira las lágrimas y mira el reloj: su marido está a punto de llegar.
Se escurre por el pasillo que conduce al patio trasero y antes de salir se descalza unas botas viejas de cuero que le regaló su madre por navidad. Los pies liberados notan el pescozón dulce de la humedad. Sonríe y sale al descubierto.
El asfalto rezuma calor, el rocío ya ha calado en sus pulmones y el agua la recorre lenta por la piel. La carretera está vacía y no se ven luces a lo lejos. De su garganta ruge un silbido inaudible, un código de soledad indescriptible, la mujer del obrero son unas piernas cansadas de andar solas y mil pensamientos disparando en direcciones opuestas.
II
La mujer del obrero retira los platos de la mesa dónde acaban de comer y tiende los restos al perrito que la acompaña cada día a hacer la colada. Éste, agradecido, le da un lamentón de pasada y se marcha con la comida.
-¿Yo qué soy Carlos?- Le pregunta a su marido mientras escurre unos platos.
El marido duda por un segundo, observa a su mujer cómo si le hubieran salido ranas por las orejas y se asegura de no verla preñada ni enferma.
-Mi mujer.-Responde.
-¿Sólo eso? ¿La mujer del obrero?- Quiere saber ella.
-¿Qué más quieres? ¿Qué podría tener de malo ser la mujer de un obrero?-
-Nada. Nada. Sólo, creo...creo qué preferiría ser una mujer obrera y no "la mujer del obrero".- Y vuelve a sus quehaceres cómo si la frase que acaba de decir no le hiciera acelerar el corazón.
-Ya lo eres. Supongo...-Añade Carlos con la esperanza de haber encontrado las palabras acertadas.
-¿Supones? ¿Y porqué sólo supones? Quiero decir...¿qué te falta para estar seguro?
Los dos adultos se miran extrañados. Cómo si de repente alguna muralla inquebrantable hubiera sido atravesada por los bárbaros, cómo si el mar se hubiera puesto del revés en el cielo y Dios ya no fuera juez de nuestra moral. Algo acababa de morirse en aquel instante y los dos eran testigos del juego.
-Recogeré los huevos para más tarde.- Interrumpe Carlos el silencio.
-Está bien. Yo acabaré de fregar la cocina-
La mujer del obrero vuelve sus ojos a la ventana y observa a su marido pasar por el patio, con esos andares extraños que levantan medio pie del suelo. A él ya no le moja ni una gota, a parado de llover.
III
La luz ciega de la mañana despertó a la mujer del obrero que notó cómo el calor había calado las sábanas. Se estiró y volvió a encogerse dentro de ellas, somnolienta. Aún así, su cabeza le devolvió los pensamientos de la tarde anterior cómo resucitados por un poder mayor que el sueño: el dolor de su peso sobre la tierra.
La gente crece y decrece en sus vidas según su peso sobre la tierra, cuanto más cerca de ella más se hinca, más duele, más reales son sus piedras y más profunda es la herida del peso. La vida no debería ser resignarse a adquirir hábitos y es así, tristemente, de lo que muere la gente en este mundo.
La mujer del obrero volvió a dormirse por unas horas. Soñó que la rodeaba una a una jungla de color gris por dónde escalaba una ladera de piedras blandas que se deshacían bajo sus zapatos y no la dejaban avanzar, en el cielo un pájaro de alas plateadas la guiaba. Sus innumerables tropiezos desesperaron al pájaro que desertó con la luz del alba. Desesperada, se despertó con temblores que la violentaron.
Bajó a la cocina por un vaso de agua, aún con el camisón cerrado hasta el cuello y los pies descalzos. Descendió las escaleras de madera con suavidad, devolviendo su peso a la realidad. Allí en la cocina estaba Carlos, sentado en la mesa y pelando una manzana.
-Te has dormido hoy.- Le anunció a modo de buenos días, al percatarse de la brusquedad de su gesto añadió: bueno, digamos que hoy a amanecido tarde.
La mujer le sonrió con las ganas de un niño al que le regalan ropa por su cumpleaños y se sirvió un vaso de agua, se sentó al lado de su marido y esperó en silencio y nada: El silencio acabó por esperarlos a los dos y se comió las pocas ganas que aún quedaban : Carlos, agobiado, se levantó de la mesa con rapidez y cogió el pico y la pala para dirigirse al patio por su parte la mujer se frotó las manos secas y se percató de sus heridas.
Se levantó de un salto y cómo iluminada por una divinidad celestial se dedicó a buscar desesperadamente por los cajones de la casa, registró todos los armarios (incluso los que tenían trasfondo) y miró bajo todas las camas.
-¿Qué buscas?- Le preguntó Carlos qué entró en la casa alertado por el escándalo.
La mujer no respondió, ensimismada seguía buscando dentro de un baúl de madera con ímpetu.
-¡Laura! ¿Qué buscas?- Gritó desesperado.
La mujer del obrero se volvió instantáneamente al escuchar su nombre, casi con la rapidez de un animal y respondió:
-Un espejo.
IV.
Se ha hecho de noche, Laura recoge con la yema de sus dedos las migas de pan que quedan sobre la mesa. Ha tratado de buscarse en el reflejo del agua hirviendo y los azulejos del baño pero ninguno es tan nítido cómo el de un espejo.
Carlos, que había salido a encender las luces del patio, entra en la cocina que aún huele a sopa caliente y patatas hervidas. Se queda de pie, mirando a Laura que lo ve venir. Él se aproxima lo suficiente para respirar su aliento y acaricia la pierna de ella debajo de la falda. Laura murmulla, le brotan sonidos de los labios. Ella le devuelve el gesto con un beso, humedece sus labios con la lengua y los aprieta contra los de Carlos, la respiración se vuelve acelerada. Carlos la conduce con sus caderas hasta la encimera y la levanta para sentar a Laura sobre ella ,mientras, ésta recorre de memoria con sus dedos desnudos la espalda de su marido.
A fuera una tormenta de verano se precipita sobre el tejado de teja aún caliente. La madera cruje con ellos y la noche se cierra sobre sus cabezas. De repente el clima ácido y caliente de la habitación se vuelve frío y los dos se detienen al escuchar unas voces que provienen del exterior.
-¿Vas a abrir la puerta?- Pregunta Laura apoyada sobre el hombro de Carlos.
Carlos se separa de ella con brusquedad y remete la camisa entre los pantalones. Las voces insisten y golpean la puerta del hogar. Carlos toma una de las palas del campo a modo de prevención y abre la puerta de su casa con inquietud.
En la oscuridad y perfiladas por la luz tenue de los farolillos del patio se dibujan dos figuras de pequeña estatura, encogidas y refugiadas bajo dos mantos.
-Buenas noches, somos unas vecinas que estamos de paso y verá...-Se dibujo en uno de los rostros una sonrisa juvenil que atrajo la mirada de Carlos- nos ha pillado la lluvia.
Ambas sombras sonrieron. Laura que había estado escuchando desde la cocina salió a recibirlas, nerviosa, alisando su pelo negro con las manos.
-Pasen, por favor, pasen.- Las invitó a entrar.
Las mujeres entraron en la cocina y se apresuraron a despojarse de sus ropas húmedas. Ropas que Laura recogió con rapidez para no mojar el suelo. Ambas permanecieron de pie ante la espera de sus anfitriones que parecían haber visto un fantasma. Las dos mujeres eran iguales, ambas tenían el pelo rubio y los ojos castaños, sonreían de lado y vestían unos vestidos modestos con encajes burdeos. Las gemelas olían a tierra húmeda.
-Sentaros, por favor.- Dijo Carlos dejando con disimulo su modesta arma junto a la pared.
Las dos mujeres se sentaron a la vez al rededor de la mesa y permanecieron en silencio hasta que Laura volvió a entrar con leña para el hogar. Encendió un pequeño fuego que los iluminó a todos con una luz débil y taciturna
-Gracias por su hospitalidad- Empezó la mujer de la derecha que miraba fijamente a Carlos al pronunciar estas palabras. Éste negó con la cabeza e invitó con un gesto a su mujer a tomar asiento.
Laura se sentó en la silla y contempló con asombro el parecido entre las dos mujeres.
-Cómo supongo que sabrán los empleados del ferrocarril están en huelga desde el pasado viernes.
-Mi marido es uno de ellos...-añadió la mujer de la izquierda.
-Exacto. Es por eso que nos dirigíamos a verle y llevarle unos ahorrillos que teníamos guardados para una ocasión así pero de repente nos cogió este aguacero y ya ve...- señaló sus botas llenas de barro.
La mujer de la izquierda permaneció callada, tenía entre las cejas la sombra tenue de una preocupación y se apretaba las manos bien por frío o quizá por nerviosismo.
El matrimonio asentía a sus explicaciones mientras comparaban las dos imágenes que tenían delante, tratando de encontrar alguna diferencia.
-Querríamos pedirles si podríamos pasar esta noche en su casa y seguir mañana por la mañana.
-No veo problema.- Contestó Carlos que ya había perdido el interés por las extranjeras - Yo me voy a dormir, ya se apañaran entre mujeres. Mañana a la mañana yo mismo las acercaré hasta la estación, no vaya a ser que se pierdan por algún camino.
-Mi nombre es Carla. -Se presentó la mujer de la derecha.- El mio es Marla- Añadió la mujer de la izquierda.
V
Laura se enredaba entre las sábanas cómo una mosca atrapada, excitada y nerviosa. El pensamiento único de que en aquella noche la casa vivía por cuatro la alejaba de cualquier caricia del sueño. Finalmente, harta de doblegar su ímpetu, se levantó a tientas y abandonó a Carlos que respiraba profundamente a su lado. Bajó las escaleras y notó el frescor del aguacero en su piel, la puerta del patio estaba entreabierta y allí al lado del pozo de piedra había una figura femenina envuelta en un humo blanco.
Laura tomó una de sus chaquetas y la tendió sobre los hombros, descalza se adentró en el patio sintiendo el frío de las losas de piedra. La mujer se incorporó al verla llegar.
-¿Te he despertado?-Preguntó con cautela.
-No.-Se apresuró a contestar Laura.- No podía dormir.
-Yo tampoco. ¿Fumas?- La invitó la mujer acercándole una cajetilla de cigarrillos.
-Sí- Contestó apresurada Laura.-En realidad, no- se sinceró- pero querría probarlo, nunca antes había tenido la oportunidad.
La mujer rubia sonrió y acompañó el gesto iluminando por un instante los rostros de ambas con el fuego de una cerilla, Laura tosió a la primera calada.
-Trágate el humo, no lo retengas en la boca- le explicó.
-¿Puedo...-comenzó Laura.
-¿Preguntar quién soy de las dos?- Terminó la mujer. - Soy Marla.
Laura asintió con la cabeza cómo si saber su nombre le diera una información más allá de cualquier cosa, pues nada es lo que sabe de las dos hermanas y conocer su nombre no le es de demasiada utilidad.
-¿Es tu marido el que está de huelga, no?- Preguntó Laura mientras observaba consumirse el cigarrillo entre las manos.
Marla asintió expulsando el humo en dirección al cielo, que se erguía imponente y oscuro sobre sus cabezas.
El inconfundible aliento de la noche les rozaba las mejillas y les pareció qué el tiempo se había vuelto eterno en aquel instante.
-No sé que voy a hacer cuando lo vea...-murmuró Marla- hace cinco años que se fue a trabajar a la estación.
-¿Estás nerviosa?-Preguntó Laura abanderada por la inocencia. Marla asintió:
-La ciudad siempre me pone nerviosa.
Laura retuvo en su cabeza aquella frase durante segundos, envidió a Marla y su aventura qué aunque incierta era mucho mejor que levantarse para dar de comer a las gallinas.
-Me gustaría ir a la ciudad algún día.-Concluyó en voz alta.
-¿Porqué no nos acompañas?- Dijo Marla incorporándose hacia ella con una ilusión descorazonada en los ojos.
-No puedo. Alguien tiene que quedarse en la casa y...
-¿Y?-La interrumpió Marla- ¿Qué puede pasar? Las gallinas no se revolucionaran en un día y cómo mucho puedes perder uno o dos huevos fritos, además la lluvia de antes a barrido todo el polvo del patio.
Laura contuvo la respiración, observó los ojos brillantes de Marla que esperaban una respuesta y finalmente accedió.
VI
Carlos gritaba desde el patio el nombre de su mujer cómo un cabrio encolerizado. Se repasaba el cabello con un peine de bolsillo mientras las dos mujeres ya estaban sentadas en el carro. Laura , en su habitación, volvía una y otra vez al baño, dando vueltas en círculos. Hacía bailar su falda y movía su cabello, se había perfumado las muñecas.
Antes de salir por la puerta repasó los puños de su camisa y reparó en que los botones de ambas mangas no eran iguales, arrugó la tela y la ladeó hacía abajo para ocultarlo. Bajó las escaleras de la casa con nerviosismo y se detuvo en la puerta sintiendo que olvidaba algo.
-Quieres subirte ya.- Le inquirió su marido que ya se había tomado asiento.
Laura se dirigió hacia ellos y antes de montar miró de reojo a Marla que la observaba divertida desde la parte de atrás. Subió al asiento delantero y colocó bien sus faldones para no dejarlos caer sobre las ruedas llenas de barro.
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