Puedes disfrutar la vida de lejos.
Puedes mirar las cosas pero no probarlas.
Puedes acariciar a la madre con los ojos.

No puedes tocar estos fantasmas.

Quien bien te quiere, te quiere libre.

martes, 20 de marzo de 2012

Luz-ía y Julián

II Luzía y Julián
-¿Has sentido alguna vez la sensación de que tu própia duda impregna al otro de manera que es obvia que existe alguna torpeza?-

Julián tragó saliva. La sentía en aquel momento. La sentía mientras su cerebro reconocía la canción que ponían por la radio y la tatareaba en alguna parte de su cabeza. La sentía mientras imaginaba la cara que debía tener puesta a modo de excusa para ocultar cada uno de estos pensamientos. Se imaginó en un espejo. Ridículo, pensó.

Sentía aquella sensación como una gran traición de sus ojos que cómo vueltos hacia dentro le contaban a Luzia sus verdaderas intenciones.

Julián estaba enamorado de Luzia desde hacía años. Enamorado de su pelo y el lunar diminuto en la nuca, enamorado de su impuntualidad y el mal genio que le propiciaba el transporte público. Estaba enamorado de su perro: Bola y aún más de sus estrategias para sortear la vida. Julián estaba estúpidamente enamorado de Lucía, cómo los que se enamoran de verdad. ¿Sería posible que ella nunca se hubiera percatado de ello?

No. Rotundamente no. Luzía lo sabía, claro que lo sabía. Con la misma certeza que apierta el freno del coche y sabe lo que pasará a continuación: frenará. Pero Luzia no se jacta de ello, ni si quiera lo obvia. No ignora los sentimientos de Julián, aquello le parecía jugar sucio. Simplemente lo traducía a la relación cómo un proceso más que Julián tenía que experimentar en su vida, sólo que ella lo sabía transitorio y el creía que iba a durarle para siempre.

-He conocido a un hombre- Rompió con aquella frase sus pensamientos.-No parece preocuparte- Añadió con una sonrisa traviesa en sus tremendos labios.

Julián sonrió. No, no le preocupaba nada en absoluto. Había vivido ya la experiencia de muchos hombres con Luzia, incluido él , para sospechar que éste no iba a ser diferente. Por muy rápido que corriera cualquier bestia, Luzía siempre llevaba unos kilómetros de distancia. La eterna huída de Lucía hacía la soledad era su esperanza de atraparla en algun descansillo al borde del camino. Egoísta, ciertamente, se recriminaba a sí mismo pero incapaz de retenerla había decidido que si algún día a ella le flaqueaban las piernas se aprovecharía de la ocasión para recordarle quien sabia de su meta desde el principio.

-Lo lamento por él.- Añadió sorbiendo un poco de su batido de vainilla.

-No seas cruel...-Contestó ella mirando la hora en su telefono móvil.

-No soy cruel Luzía. Sólo que...tu estás ahí, esperando que te ocurra algo que no va a pasar si tu no pones de tu parte. Tu dices que corres en una dirección pero si fuera así, acabariamos por alcanzarte. Yo creo que empiezas a dar vueltas como una loca y así no hay quien te siga...

-¡Ves! Es que no lo entiendes. No se trata de que alguien me siga, se trata de que haya "alguien"- Y dijo esta palabra con solemne tono- que me de un motivo para quedarme quieta. "Alguien" que me haga olvidar toda la carrera de mi vida. A veces, cuando miro atrás pienso : " Mira todo lo que has esquivado ya y lo que has caminado...camino, ruedo, serpenteo y me pierdo...Me he perdido tantas veces...pero aún no he conocido a nadie por quien merezca la pena quedarme quieta y esperar a ver que pasa. Sólo pido que nadie me empuje a la vida.- Acabó de encuadernar aquellas palabras con un guiño simpático y soltó unas monedas sobre la mesa antes de ponerse de pie.

-¿Te vas?-Se lamentó Julián observando la cerveza de Luzía medio llena todavía.
-Me está esperando- Fué su respuesta mientras se envolvía en una verde bufanda que ocultaba su elegante cuello.

La huída de Luzía era el reflejo de la soledad que habita en todos. Luzía ya había experimentado el amor físico, el intelectual, el bondadoso, el casado, el enfermizo y el comprado.
La gente cree, que cuando dos personas se enamoran lo saben desde el mismo momento en el que se descubren el uno al otro en el mundo. Luzía duda de esa certeza, ella descubre muchísima gente nueva en el día y no se enamora de cada uno de ellos. Debe de faltarme corazón, piensa.

Debo de repartirme mal los esfuerzos para ser descubierta por alguien. Algo falla y debe de ser ella. Luzía no está ahora en el momento racional en el que piensa que sencillamente no se ha producido la coincidencia física entre ella y su, llamemosle, mandarina. Luzía cree que está haciendo algo mal. Lo cree porque hoy es un día de color rojo, un día confundido, ha pasado una mala noche y se agarra los ánimos para que no pasen del suelo, casi se tropieza con ellos.

Pero cuando Luzía llegue a casa, después de embestirse cómo dos bestias en una alfombra con el mecánico de impresoras comprenderá que sólo está cayendo en un estúpido círculo obsesivo que la desestaviliza. Que toda la duda que tenía puesta en sí misma se evaporará cómo el sudor de su ejercicio sexual y caerá por el desague de la ducha. Entonces, cuando le invada el frío y se vista con su pijama de algodón caliente y ceñido, se mirará al espejo antes de meterese en la cama y sabrá que no debe dejar escapar a la percepción de su entrecejo, que cómo un pequeño demonio le estira la cara y la hace irreconocible para sí misma.

Pénsara: "Relativiza Luzía, respira un poco Luzía, cómo lo hace el viento. Sólo tienes veint-i-cinco años y quieres sentir la vida cómo un viejo sabio de setenta. Tranquila, la profundidad te la dará el tiempo, va a sellarte cada año con un beso. Cómo lo hace el viento en las rocas."

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