Cogía el tren todos los días. Cogía el tren hasta la gran ciudad, cogía el tren y no su preciosa bicicleta porque ir con ella hasta la ciudad sería condenar a muerte a sus rodillas. Siempre se había acomplejado de sus enquencles rodillas y era difícil verla con falda, íncluso cuando acosaba el calor.
Aquella mañana , despuntaba una tímida luz en el cielo que vencía la madrugada. La luna se retiraba en retaguardia por el oeste cómo una lámpara pálida y Lucía buscaba desesperadamente su paquete de galletas en aquel bolso gigante que llevaba cruzado sobre el hombro.
Cuando por fin, con gesto triunfal, lo encontró cómo si de una intuición animal se tratara, se percató de que a unas pocas filas de distancia un hombre la contemplaba divertido desde uno de los asientos.
"Lo conozco de algo" pensó Lucía devolviendo la vista a la ventana. Escudriñó los recuerdos de sus últimos dos años de vida, peleandose con la memoria trivial que se encarga de recordar la programación de los sábados y agarrándo con fuerza aquellas situaciones que le encogieron el corazón algún dia muy temprano. De repente, "lo vio", recordó la cabeza de aquella torre de hormigón entre sus piernas y el sabor de la cerveza una noche de verano.
¿Era posible que se hubiera olvidado de Tomás? En efecto, su memoria no alcanzó a reconocer aquel hombre de metro ochenta que separaba con gracia las piernas cuando se sentaba y acompañaba sus comentarios ingeniosos con un tic en el ojo que a Lucía terminó por no hacerle ninguna grácia.
Intentaba recordar lo que había sentido por él entonces pero era incapaz de evocar ningún recuerdo que se extendiera más allá de la imágen de una pareja rídicula de adolescentes. En su memoria adulta no era capaz de revivir, aunque sólo fuera por necesidad, las sensaciones por las que un día se sintió alentada a levantarse y salir en busca de Tomás, a cualquier hora y en cualquier parte. ¿ Era posible que aquella figura tan grande que ahora se le antojaba vieja y desconocida le hubiera humedecido el sexo? ¿ Era verdad que aquel desconocido la había apretado contra él en otras callejuelas? Le parecían recuerdos irreales, casi dibujados con la tinta de la imaginación. Pero sabía que eran ciertos sólo que la distancia del tiempo había dejado una huella corta y la vida de cada uno había desarrollado raíces distintas que los alejaban más que los años.
Lucía no volvío a levantar la cabeza, sacó el libro que leía desde hacía una semana y con el vaivén del tren se perdió en las profundidades de cada palabra hasta llegar a su parada. Cuando levantó la vista, el hombre- torre ya no estaba. Suspiró aliviada y se enfundó los guantes antes de salir del tren.
Miró el reloj de la estación, faltaba aún media hora para que empezara su turno en la oficina y parecía que el mundo no iba a detenerse para que pudiera leer tranquilamente. Así que casi sin consultarlo con sus ganas se dirigió al bar de la esquina de la estación y pidió un café americano que le levantara las pestañas del suelo.
Esperaba su café mientras curiosiaba el local, hacía ya unos días que había decidido redescubrir la ciudad cada día aunque por ello se entendiera observar un mísero calcetín blanco colgado de un balcón que ayer no estaba. O redescubría la gran ciudad cada día o ésta misma se encargaría de hacerla a ella cada vez más pequeña, hasta reducirla al sonido de unos pasos inquietos que ansían volver a casa.
Y allí estaba Lucía, sentada en la barra de un bar cualquiera esperando que la descubrieran. Se divertía pensando que quizás podía quedarse allí todo el día, llamar al despacho, decir que había contraido una enfermedad por culpa de un mosquito y zafarse de aquella silla de oficina con la que no le llegaban los pies al suelo. Todo era culpa de la silla.
Acariciaba la idea con un sí, un no y la indecisión que removía la cucharilla con el azúcar en el café caliente. Dió el primer sorbo y decidió que sí, bajó la taza de sus narices, vió a Javier y decidió que no.
Se levantó del taburete con decisión y buscó con rapidez su monedero entre los objetos apretados de su bolso, una vez más, esperando que Javier no la hubiera visto a ella. Pero Javier se dirigía con rapideza y mal disimulo hacía ella, lucía una sonrisa de anuncio que Lucía detestaba y se había vestido de traje, cosa que ridiculizaba más su extraña forma de caminar.
-Eh , Lucía.- La llamó desde las espaldas. Ella se volvió dibujando su mejor sonrisa, esa que tantas veces le había dedicado al espejo cuando era una niña y le ofreció dos besos rápidos y vulgares a modo de pista sobre sus intenciones, que ya no eran ninguna intención.
-¿Cómo te va?- Le preguntó ella frivolamente mientras miraba, de reojo, el reloj.-
-Bien, cómo siempre supongo...- Contestó él pasandose la mano por la nuca cómo si fuera a darse cuerda para no detenerse en el mal aprieto, comenzaba a ponerse rojo. - No me llamaste...- le dijo finalmente.
Lucía abrió sus ojos negros y grandes de par en par. No podía creerlo, lo había sospechado desde que se había acercado a ella con esa decisión, aquel muchacho era otro de sus coitos festivales sin memoria definida. No debería haberle dado dos besos, bastaba con estrecharle la mano pero había olvidado porque un día decidió enrredarse las piernas con él y ese olvido también lo arrastró a él.
-No tenía nada que contarte...- Contestó rápidamente mientras cogía su chaqueta y salía por la puerta, esquivando a los demás clientes con una ágilidad felina que la sacó al aire de la calle en fracciones de segundo.
Comenzó a impacientarse con su memoria, cómo si de un duende se tratara estaba jugando a ponerla en las situaciones más variopintas de su recorrido vital en cuanto a sus experiencias sexuales se trataba. Lucía bajaba la calle ancha dándose pequeños golpecitos en la cabeza cómo castigo por su inneptitud mientras intentaba aceptar el rídiculo de aquella situación pasada.
Otorgó a aquellos acontecimientos la categoría de casualidades, por su poca repetición en el espacio-tiempo y se juró así misma que la vida no sería tan perra de volver a repetir otra vez la misma situación por tercerca vez en un mismo día. Prometerse cosas cómo principio de un sentido común la tranquilizaban : "seguro que encontraré la calle que estoy buscando", "hoy sólo me comeré tres galletas con mantequilla", " Ya me he encontrado con dos tios con los que me acosté, un tercero sería cosa de una cámara oculta".
Y convencida del rigor matemático y casi real de aquella ecuación de sentido común acabó dándo con sus pasos en el paseo marítimo. Llegaba tarde al trabajo, o así lo anunciaban las campanadas del ayuntamiento que se oían cómo el grito de un ogro lejano allí en el puerto.
Decició dar un paseo hasta la playa y terminar las últimas páginas de su libro escuchando el bramido del mar que la estrecharía entre sus brazos de sal.
Dsitraída con la fachada de un edificio antiguo tropezó con una anciana que a duras penas podía levantar las faldas del suelo, encorbada cómo un movimiento natural que la devolvía a la tierra la mujer la riñó con el bastón en alto. Cosa que sirvió de consuelo a Lucía que se refugió en la idea de que la anciana todavía podría levantar el puño insurrecto si hubiera guerra.
En esos pensamientos estaba cuando unos ojos verdes le sonrieron en un cruze de miradas, Lucía dió una vuelta sobre sí misma. Este tampoco le sonaba de nada, ninguna imágen se le aparecia en la cabeza y el tampoco había vuelto su cabeza para encontrarse con el interrogante de ella. Durante unos segundos que le parecieron eternos se debatió con las piernas echas un lío si volver sobre sus pasos o seguir caminando.
Aquellos ojos verdes le habían intrigado. Cómo poseída por un impulso se propulsó hacía delante y adelantó su pecho por delante de las enquencles piernas que tanto odiaba. Dió una palmadita en el hombro del muchacho , esperando que la recibiera con su nombre y una pizca de tentación bailándole en los ojos.
El muchacho se giró y con una sonrisa programada y ningún interés en sus ojos le tendió un papel en las manos a Lucía que cómo absorta lo vió desaparecer entre las gentes del paseo. "Irish Pub" decía el anuncio. Respiró profundamente y apretó el papel contra su pecho."Gracias" murmuró. Empezaba a dudar de su capacidad para retener la informacion necesaria para la supervivencia en sociedad.
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