Puedes disfrutar la vida de lejos.
Puedes mirar las cosas pero no probarlas.
Puedes acariciar a la madre con los ojos.

No puedes tocar estos fantasmas.

Quien bien te quiere, te quiere libre.

jueves, 23 de febrero de 2012

Muerte bajo mi ombligo.

El tren se ponía en marcha con su run-run acústico que me sumergía en mis quehaceres de viajero: mirar el paisaje por la ventanilla, desear un cigarro al bajar, acomodar mis pies en el asiento delantero y golpear la cabeza contra el cristal.

Dentro del gusano metálico me sentía distinto del mundo que se quedaba fuera, a un andén de distancia. Las personas que se dibujaban en el paisaje me parecían pequeños puntos glotones que devoraban con sus movimientos el espacio; trasladándolo, agitándolo y deteniéndolo a su antojo, le daban vida.

Protagonistas de sus propias obras, para mi parte del atrezzo ferial que tejía el mundo.

Huyo de la ciudad porque no me gusta cómo me reflejo en sus espejos: escaparates, vitrinas, cámaras de vigilancia...
Huyo de la ciudad porque su ruido está vacío y sordo y mudo. No tiene nada que decir aunque golpeé con fuerza los edificios altos de cristal.

Los camaleones han muerto aquí en la ciudad,
ahora es cementerio gris de poetas.

Quiero alejarme de este vacío que se esta volviendo
tan poco tuyo...y tan mío.
Ya no recuerdo cómo es que dabas calor,
y quiero que sea sólo el silencio
el que me escuche llorar.

Aquí,
en esta ciudad enfermiza y loca
no quiero perecer.

¿Cómo es que al mirarme tu
todo tenía sentido?

Incluso esta muerte vivida
de maletines de cuero,
y saludos formales,
de dietas
y periódicos locales,
de violencia
de romanticismo a la opresión.


Si tengo que morir encerrado,
que sea tras mis pestañas
y que me fusile el viento
de un golpe seco.


Mujer al-(hada).


Eres cómo los pies juguetones
que salpican despistados,

y cuando quieres robusta,
te plantas seria
a escuchar el silencio.

Eres sonriente descarada,
cómo la media luna.
Y disimulas,
que cuando eres lluvia,
no te conformas con desgarrar el cielo.

Lo fecundas,
porque eres eterna
y diminuta,
cómo una fracción de tiempo
que transcurre para siempre,
y acaba ahora.

Cuando eres ganas,
le das a todo,
con la vida llena.

Adoro tu salvaje verde
en esos dos ojos
y tu flequillo rojo,
tu flequillo libre.

Qué bienestar saber
que contigo,
puedo romperme
en cualquier parte

sin miedo
a perder los trozos.


miércoles, 22 de febrero de 2012

El mundo de los hombres hombre.

Odio el mundo de los
hombres hombre.

Odio que se nieguen a si
mismos,
el respeto que merece
la sangre de mi sexo.

Odio el mundo de los
hombres pájaro;
que con batir sus alas
rompen mi voz.

Odio el mundo de los
hombres hombre
por verlo
desde un agujerito,
sin luz

y tener que aguantarme la risa.


Odio la carne dura y pesada
de los hombres hombre
y su educación
por madres conquistadas.

Detesto el mundo
de las voces altas
y los golpes.
Detesto el mundo
de los reojos recelosos,
de la propiedad.

Detesto el mundo
que me violenta,
por negar la feminidad
que lo concibe.

lunes, 20 de febrero de 2012

Esto no viene de ahora.

Nuestro odio no entra en combustión por un uniforme ni se alimenta de luces de sirenas, nuestra desconfianza en los cuerpos del Estado se basa en sus principios de opresión. Nuestro odio, va más allá de una imagen, sin olvidar quien es quien. Su fuerza motora es la muerte de la libertad, la nuestra : ser amxs de nuestras propias vidas. Nosotrxs no queremos niñeras, no queremos su "seguridad" basada en el terror, no queremos lazos de dependencia, no queremos esclavxs que nos esclavicen. Nuestros motivos están razonados por un desacuerdo de actitud ante la vida, no por un reglamento.

Ellos nos muerden por querer ser libres
y sueltan a sus perros para mordernos la voz
porque saben,
que nunca,
podrán llegar a esa certeza
que guardamos nosotrxs en el corazón.


domingo, 19 de febrero de 2012

Carta a la desesperada

Cruzar la vereda y caer.
Caer...
caer...
caer...
suspenderse en el vacío,
huir del mundo, desaparecer de la partida.

Rechazar la lógica y correr despavorido,
sin parar de correr, mirando atrás incesantemente.
Olvidarte de parpadear.

Sentir las cosquillas en la garganta, el pulso en los oídos.
Las manos se separan por espasmos de sí mismas,
se exilia de ti la paz.

Asfixia.

Sacude la sangre,
ciega la adrenalina,
sabor de metal en la lengua.

Bailan las pupilas
que mantienen al borde el corazón.
Aprieta el pecho mientras pierdo la vista...

Busco dónde caerme muerto
y entre el caos encuentro su mirada.


Quedar paralizado por el miedo,
y vencerlo;
con amor.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Reescribiendo: frontera.

Danzando en esa línea divisoria
que te has inventado.


Enredándome en la cuerda floja
que se ha reservado,
el derecho de separarnos.