Dentro del gusano metálico me sentía distinto del mundo que se quedaba fuera, a un andén de distancia. Las personas que se dibujaban en el paisaje me parecían pequeños puntos glotones que devoraban con sus movimientos el espacio; trasladándolo, agitándolo y deteniéndolo a su antojo, le daban vida.
Protagonistas de sus propias obras, para mi parte del atrezzo ferial que tejía el mundo.
Huyo de la ciudad porque no me gusta cómo me reflejo en sus espejos: escaparates, vitrinas, cámaras de vigilancia...
Huyo de la ciudad porque su ruido está vacío y sordo y mudo. No tiene nada que decir aunque golpeé con fuerza los edificios altos de cristal.
Los camaleones han muerto aquí en la ciudad,
ahora es cementerio gris de poetas.
Quiero alejarme de este vacío que se esta volviendo
tan poco tuyo...y tan mío.
Ya no recuerdo cómo es que dabas calor,
y quiero que sea sólo el silencio
el que me escuche llorar.
Aquí,
en esta ciudad enfermiza y loca
no quiero perecer.
¿Cómo es que al mirarme tu
todo tenía sentido?
Incluso esta muerte vivida
de maletines de cuero,
y saludos formales,
de dietas
y periódicos locales,
de violencia
de romanticismo a la opresión.
Si tengo que morir encerrado,
que sea tras mis pestañas
y que me fusile el viento
de un golpe seco.