Puedes disfrutar la vida de lejos.
Puedes mirar las cosas pero no probarlas.
Puedes acariciar a la madre con los ojos.

No puedes tocar estos fantasmas.

Quien bien te quiere, te quiere libre.

lunes, 20 de agosto de 2012

Una chica hostil

Soy una palabra sobre el papel. Genero una imagen mental y por eso merezco perder mi condición de persona, después de cualquier coma he asumido que soy un personaje.
Déjense de estupideces, lo real está aquí. Lo real también es lo que uno construye con el lenguaje, lo que van a leer es una realidad íntima, la esencia pura de un ser. Soy una palabra sobre el papel, lo doblaré para esconderme. No pretendo hacer de mi vida un cuento de sobremesa.

Quizás al ofrecerme cómo imagen ficticia haya perdido mi condición pero todo esto que explico se engendra y nace en cada una de vuestras cabezas, palabras : ingenieras de vida, palabra: mínima forma libre.

En realidad el narrador externo es una mierda. Todos percibimos el mundo cómo una gran pantalla que de repente termina con la nariz de tu cara, ese marco suele ser más específico si llevas gafas.
El narrador externo es un cobarde que ve lo que pasa fuera, un psicópata en el tren. No confío en aquellos que tienen una vida para enmarcar, el narrador externo es un fotógrafo que no interviene en la caza de leones pero vende sus fotos a las cadenas de documentales.
Escribir una novela y pactar con este tipo de narradores es lo más parecido a dejar que tu madre siga planchan dote los calzones con cuarenta años. El parásito no se desprende y el esclavo a perdido su momento de reacción.
Por eso esta historia será contada en primera persona,  aunque esta no sea mi historia.

I. Una chica hostil

Si dijera que los días de mi vida no son irrelevantes estaría mintiendo porque al fin y al cabo la vida son unos días que lo cambian todo. Aquel día de mediados de Agosto me levanté entrada la madrugada y me puse a fumar un cigarrillo por la ventana. Parecía que el asfalto maullaba a las farolas, hacía calor esa noche, el aire dulce y pesado del mediterráneo me humedecía la camisa.

Volví a acostarme pero el insomnio regresó para agarrarme de las piernas cómo un perro viejo. Me levanté por un vaso de agua, caminé descalza hasta la cocina y me senté a ver el amanecer reflejado en los edificios que se anidan delante de mi balcón. Con el primer sol se cerraban algunas persianas. El olor a pan recién hecho barría la calle y daba paso a un nuevo día.

La ciudad dónde vivo deja poco aliento a los nostálgicos. Una pequeña iglesia y cuatro calles de casco antiguo recuerdan todo lo que hubo antes de mi. Cuando los camiones llegan para descargar el pedido mis pasos ya son ecos en las calles. Tengo por costumbre tomar el café de la mañana en un bar modesto dónde los ancianos desayunan con el perro atado a la pata de la silla a primera hora y los transportistas beben una mediana después de la primera hora.

El camarero sólo tiene que verme llegar para poner la taza bajo el filtro. Con esto y la luz del sol mi insomnio debilita todo su sentido.


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