III Las ansias de Luz-ía
Las ansias de Luzía por crecer son las de un niño con seis años por conducir una motocicleta.
Luzía quiere crecer y sentir el dolor en sus huesos y saber que a cada paso que da se aproxima más a una meta que aún no sabe reconocer. Piensa que algún día subirá tan alto que sólo le quedará el vértigo para recordar que hace allí arriba, subida al precipicio. Pero no le importa mientras guarde consigo el motivo de la escalada.
Luzía no sabe si quiere ser cómo el viento. ¿Quiere dejar huella? ¿Quiere impregnar su vida y la vida de los demás con su peso? ¿O prefiere ser como la luna? ¿Quiere ser el motivo por el cúal se tuerza la marea? Qué complicado es ser Luzía. Que complicado es tener una vida.
Cúando Luzía era pequeña y no tan pequeña, a veces, se escudriñaba delante del espejo, se apretaba la cara y se deformaba los ojos, inventándo una nueva Luzía. Una que nadie había visto y pensaba: "¿Esta soy yo? ¿Esto es lo que ellos ven cuando piensan en "Luzía"? Aquella experiencia era cómo sentir su voz por primera vez grabada, no se reconocía en ninguno de aquellos sonidos pero los demás la identificaban en seguida. "Tengo un nombre, me llamo : Luzía. ¿Qué hay de eso? ¿Tiene algo que ver conmigo?"
Tal vez siempre quiso conducir esa motocicleta con demasiada rapidez. A veces se reprocha a sí misma la velocidad con la que quiere vivir las cosas pero sólo lo hace con la esperanza de poder apretarlas más en su corta línea de vida y que si por nacimiento le correspondía aprender veinte cosas, le diera tiempo a aprender otras cincuenta. Porque así era el hambre de Luzía, de conocimiento.
Va a encontrarse con Julián y se esta vistiendo con rapidez para poder acabar una tarta que ha preparado para la ocasión. La ropa de ayer huele a sexo y la lanza al cesto dónde Bola duerme calentito.
Se ve bien con esa falda. Hoy se ha aventurado a enseñarle a sus piernas lo largo que es el mundo. Estas se lo agradecen, hartas ya de caminar a ciegas entre tejanos. Disimula su delgadez con unas botas campesinas que le llegan hasta las rodillas. El pintalabios que le ayuda a dibujarse una sensual boca huele a coco.
Está a punto de salir por la puerta y vúelve para mirarse en el espejo del recibidor pero esta vez ya no se ve con sus ojos sino con los ojos que van a recibirla cuando pase a formar parte del mundo exterior. Los ojos de la madre que acompaña a su hijo al partido de futbol, los ojos de los paletas que descansan tomando una cerveza, los ojos de amor de Julián. Vuelve al armario y destierra la falda a un lugar dónde no pueda recuperarla por un tiempo; el altillo.
¿Porqué hace eso Luzía? Se veía bonita con aquella falda hacía unos segundos. Parece que al abrir la puerta a entrado por la casa los sucios prejuicios que acosan el mundo. No se siente segura mostrando sus debilidades. Ella sabe que es bella, si no fuera así, la madre que acompaña a su hijo al partido de futbol no la miraría con desden, los ojos de los paletas que descansan tomando una cerveza no se volverian detrás de su melena, los ojos de Julián ya no serian de amor. Pero no importa, no va a ponerse esa falda, al menos hoy no.
Se siente un poco decepcionada con ella misma por no ser capaz de vencer algo tan absurdo cómo el miedo al miedo y ve menguadas sus especativas de escalar el tiempo. Corre despavorida por el miedo pero quiere reconciliarse con el vértigo. ¿Es eso posible?
La noche estaba oscura y hundida, cómo los ombligos de la luna, tomó un taxi hasta la casa de Julián.
-¿Usted que piensa de las mujeres con piernas estrechas?- Le preguntó repentinamente al taxista que parecía un hombre de unos cincuenta años con bigote espeso y despeinado y ojos negros pequeños.
-¿Respecto a qué jovencita? Respecto al amor, al sexo, a la moda, a las piernas en sí...si no me da usted más pistas...- Se hizo de rogar.
Luzía reflexionó sobre la pregunta del taxista, se había dejado llevar otra vez por la banalidad del asunto. Si realmente quería vencer el miedo a enseñar sus piernas debía profundizar en lo que le asustaba de verdad. Su miedo no era tener unas piernas feas, su miedo era que nadie fuera capaz de aceptar esas piernas. Quedarse sóla en el mundo por unas piernas era estúpido pero comprendió que su miedo se basaba en la aceptación vital de los demás por sus defectos y la suya própia.
-Respecto al amor.- Contestó después de un largo silencio- ¿Sería capaz de amar unas piernas estrechas?
El taxista se volvió, casi sin contemplación, para observar las piernas de Luzía que las mantenía cruzadas en diagonal.
-Mire jovencita, cuando yo era un crio y rotaba en burro por los pueblos me volvián loco las mujeres pequeñas y delgaditas, así, frágiles cómo el tallo de una margarita. ¿Y sabe de quien me fui a enamorar? De la moza más grande del pueblo de Puertollano. No sé si le sirve pero creo que tiene algo que ver con lo que me ha preguntado.
Luzía sonrío satisfecha y le entregó los billetes antes de bajar del taxi. Sí, le servía. Aún no sabia exactamente para que pero aquella información tenía una utilidad.
Cúando Julián abrió la puerta del recibidor y Lucía contempló en sus ojos el brillo de la ilusión, lo supo. Tuvo una certeza, se sintió iluminada.
-¿Pero que es lo que me estás pidiendo?- Consiguió formular Julián después de una media hora de discusión.
-Nada. No te estoy pidiendo nada...-Contestó Luzía sirviendose otra copa de vino.
-Pero sí que lo haces.- Le volvió a recriminar mientras le buscaba la mirada, mirada que Luzía paseaba por la estancia intentando alejarse de sus preguntas.
-No quiero pedirte nada Julián porque cuando uno pide algo no está ofreciendo nada a cambio y lo que quisiera pedirte es demasiado egoísta cómo para añadirle suplementos.- Y se acabó de un trago aquel líquido rojo que bailaba dentro de la copa con cada uno de sus nerviosos pasos.
Julián apartó la copa de su mano, la tomó por los codos y la sentó a su lado.
-¿Qué es? Sabes que puedes pedir lo que sea...-Dijo derrotado.
Luzía volvió a mirar las paredes cómo si esperara que de ellas salieran espías rusos que la señalarian con el dedo acusador de la moralidad y retrocedió unos centimetros el cuello, al percatarse de la cercanía del aliento de Julián.
-Quiero que no me dejes de querer nunca. -Sentenció casi cómo sus palabras fueran a derrumbar el mundo.
Julián abríó los párpados incrédulo ante aquella afirmación. Y se separó de ella lo más que pudo, en un acto reflejo de dolor, cómo si algo entre los dos estuviera ardiendo y acabara de rozarle la punta de las pestañas.
-Sé que es muy egoísta...-continuó explicándose Luzía.-Pero hoy...hoy he entendido que en realidad sólo tengo eso. Que tu amor por mi...¡lo necesito! ... si yo perdiera eso...si yo perdiera ese regalo que me estás haciendo...¡sería cómo perderme a mí misma! Es el lazo que nos estrecha más fuerte...El día que dejes de quererme nuestra relación será completamente distinta, incluso puede que dejemos de visitarnos..., puede que un día nos encontremos en el mercado y ninguno de los dos reconozca al otro al pasar. Y eso me da pánico, Júlian, me da pánico.
-Es mi amor hacia ti...¿pero no tiene nada que ver contigo?- Se preguntó Julian en voz alta casi cómo una afirmación.
-Me he acostumbrado a contar con el...
Julián no sabía que contestarle. El amor hacia una persona no se pierde como se pierde el papel de un caramelo, ni si quiera se va con una ducha de agua fría. Tenía claro que el amor que sentía por Luzía nunca sería arrebatado por otra persona que no fuera ella misma. Si desaparecía, si moría, sería algo entre el y Luzía, nada más, como el resto de sus cuentos. Aquello le pareció alentador.
-Haré lo que pueda- Contestó finalmente sonriendo con los ojos.- Pero...¿no fue por que me enamoré que te perdí?