Puedes disfrutar la vida de lejos.
Puedes mirar las cosas pero no probarlas.
Puedes acariciar a la madre con los ojos.

No puedes tocar estos fantasmas.

Quien bien te quiere, te quiere libre.

domingo, 25 de marzo de 2012

Las ansias de Luz-ía

III Las ansias de Luz-ía

Las ansias de Luzía por crecer son las de un niño con seis años por conducir una motocicleta.

Luzía quiere crecer y sentir el dolor en sus huesos y saber que a cada paso que da se aproxima más a una meta que aún no sabe reconocer. Piensa que algún día subirá tan alto que sólo le quedará el vértigo para recordar que hace allí arriba, subida al precipicio. Pero no le importa mientras guarde consigo el motivo de la escalada.

Luzía no sabe si quiere ser cómo el viento. ¿Quiere dejar huella? ¿Quiere impregnar su vida y la vida de los demás con su peso? ¿O prefiere ser como la luna? ¿Quiere ser el motivo por el cúal se tuerza la marea? Qué complicado es ser Luzía. Que complicado es tener una vida.

Cúando Luzía era pequeña y no tan pequeña, a veces, se escudriñaba delante del espejo, se apretaba la cara y se deformaba los ojos, inventándo una nueva Luzía. Una que nadie había visto y pensaba: "¿Esta soy yo? ¿Esto es lo que ellos ven cuando piensan en "Luzía"? Aquella experiencia era cómo sentir su voz por primera vez grabada, no se reconocía en ninguno de aquellos sonidos pero los demás la identificaban en seguida. "Tengo un nombre, me llamo : Luzía. ¿Qué hay de eso? ¿Tiene algo que ver conmigo?"

Tal vez siempre quiso conducir esa motocicleta con demasiada rapidez. A veces se reprocha a sí misma la velocidad con la que quiere vivir las cosas pero sólo lo hace con la esperanza de poder apretarlas más en su corta línea de vida y que si por nacimiento le correspondía aprender veinte cosas, le diera tiempo a aprender otras cincuenta. Porque así era el hambre de Luzía, de conocimiento.

Va a encontrarse con Julián y se esta vistiendo con rapidez para poder acabar una tarta que ha preparado para la ocasión. La ropa de ayer huele a sexo y la lanza al cesto dónde Bola duerme calentito.
Se ve bien con esa falda. Hoy se ha aventurado a enseñarle a sus piernas lo largo que es el mundo. Estas se lo agradecen, hartas ya de caminar a ciegas entre tejanos. Disimula su delgadez con unas botas campesinas que le llegan hasta las rodillas. El pintalabios que le ayuda a dibujarse una sensual boca huele a coco.

Está a punto de salir por la puerta y vúelve para mirarse en el espejo del recibidor pero esta vez ya no se ve con sus ojos sino con los ojos que van a recibirla cuando pase a formar parte del mundo exterior. Los ojos de la madre que acompaña a su hijo al partido de futbol, los ojos de los paletas que descansan tomando una cerveza, los ojos de amor de Julián. Vuelve al armario y destierra la falda a un lugar dónde no pueda recuperarla por un tiempo; el altillo.

¿Porqué hace eso Luzía? Se veía bonita con aquella falda hacía unos segundos. Parece que al abrir la puerta a entrado por la casa los sucios prejuicios que acosan el mundo. No se siente segura mostrando sus debilidades. Ella sabe que es bella, si no fuera así, la madre que acompaña a su hijo al partido de futbol no la miraría con desden, los ojos de los paletas que descansan tomando una cerveza no se volverian detrás de su melena, los ojos de Julián ya no serian de amor. Pero no importa, no va a ponerse esa falda, al menos hoy no.

Se siente un poco decepcionada con ella misma por no ser capaz de vencer algo tan absurdo cómo el miedo al miedo y ve menguadas sus especativas de escalar el tiempo. Corre despavorida por el miedo pero quiere reconciliarse con el vértigo. ¿Es eso posible?

La noche estaba oscura y hundida, cómo los ombligos de la luna, tomó un taxi hasta la casa de Julián.
-¿Usted que piensa de las mujeres con piernas estrechas?- Le preguntó repentinamente al taxista que parecía un hombre de unos cincuenta años con bigote espeso y despeinado y ojos negros pequeños.
-¿Respecto a qué jovencita? Respecto al amor, al sexo, a la moda, a las piernas en sí...si no me da usted más pistas...- Se hizo de rogar.

Luzía reflexionó sobre la pregunta del taxista, se había dejado llevar otra vez por la banalidad del asunto. Si realmente quería vencer el miedo a enseñar sus piernas debía profundizar en lo que le asustaba de verdad. Su miedo no era tener unas piernas feas, su miedo era que nadie fuera capaz de aceptar esas piernas. Quedarse sóla en el mundo por unas piernas era estúpido pero comprendió que su miedo se basaba en la aceptación vital de los demás por sus defectos y la suya própia.

-Respecto al amor.- Contestó después de un largo silencio- ¿Sería capaz de amar unas piernas estrechas?
El taxista se volvió, casi sin contemplación, para observar las piernas de Luzía que las mantenía cruzadas en diagonal.
-Mire jovencita, cuando yo era un crio y rotaba en burro por los pueblos me volvián loco las mujeres pequeñas y delgaditas, así, frágiles cómo el tallo de una margarita. ¿Y sabe de quien me fui a enamorar? De la moza más grande del pueblo de Puertollano. No sé si le sirve pero creo que tiene algo que ver con lo que me ha preguntado.

Luzía sonrío satisfecha y le entregó los billetes antes de bajar del taxi. Sí, le servía. Aún no sabia exactamente para que pero aquella información tenía una utilidad.
Cúando Julián abrió la puerta del recibidor y Lucía contempló en sus ojos el brillo de la ilusión, lo supo. Tuvo una certeza, se sintió iluminada.

-¿Pero que es lo que me estás pidiendo?- Consiguió formular Julián después de una media hora de discusión.
-Nada. No te estoy pidiendo nada...-Contestó Luzía sirviendose otra copa de vino.
-Pero sí que lo haces.- Le volvió a recriminar mientras le buscaba la mirada, mirada que Luzía paseaba por la estancia intentando alejarse de sus preguntas.
-No quiero pedirte nada Julián porque cuando uno pide algo no está ofreciendo nada a cambio y lo que quisiera pedirte es demasiado egoísta cómo para añadirle suplementos.- Y se acabó de un trago aquel líquido rojo que bailaba dentro de la copa con cada uno de sus nerviosos pasos.
Julián apartó la copa de su mano, la tomó por los codos y la sentó a su lado.
-¿Qué es? Sabes que puedes pedir lo que sea...-Dijo derrotado.
Luzía volvió a mirar las paredes cómo si esperara que de ellas salieran espías rusos que la señalarian con el dedo acusador de la moralidad y retrocedió unos centimetros el cuello, al percatarse de la cercanía del aliento de Julián.
-Quiero que no me dejes de querer nunca. -Sentenció casi cómo sus palabras fueran a derrumbar el mundo.

Julián abríó los párpados incrédulo ante aquella afirmación. Y se separó de ella lo más que pudo, en un acto reflejo de dolor, cómo si algo entre los dos estuviera ardiendo y acabara de rozarle la punta de las pestañas.

-Sé que es muy egoísta...-continuó explicándose Luzía.-Pero hoy...hoy he entendido que en realidad sólo tengo eso. Que tu amor por mi...¡lo necesito! ... si yo perdiera eso...si yo perdiera ese regalo que me estás haciendo...¡sería cómo perderme a mí misma! Es el lazo que nos estrecha más fuerte...El día que dejes de quererme nuestra relación será completamente distinta, incluso puede que dejemos de visitarnos..., puede que un día nos encontremos en el mercado y ninguno de los dos reconozca al otro al pasar. Y eso me da pánico, Júlian, me da pánico.

-Es mi amor hacia ti...¿pero no tiene nada que ver contigo?- Se preguntó Julian en voz alta casi cómo una afirmación.

-Me he acostumbrado a contar con el...

Julián no sabía que contestarle. El amor hacia una persona no se pierde como se pierde el papel de un caramelo, ni si quiera se va con una ducha de agua fría. Tenía claro que el amor que sentía por Luzía nunca sería arrebatado por otra persona que no fuera ella misma. Si desaparecía, si moría, sería algo entre el y Luzía, nada más, como el resto de sus cuentos. Aquello le pareció alentador.

-Haré lo que pueda- Contestó finalmente sonriendo con los ojos.- Pero...¿no fue por que me enamoré que te perdí?

martes, 20 de marzo de 2012

Luz-ía y Julián

II Luzía y Julián
-¿Has sentido alguna vez la sensación de que tu própia duda impregna al otro de manera que es obvia que existe alguna torpeza?-

Julián tragó saliva. La sentía en aquel momento. La sentía mientras su cerebro reconocía la canción que ponían por la radio y la tatareaba en alguna parte de su cabeza. La sentía mientras imaginaba la cara que debía tener puesta a modo de excusa para ocultar cada uno de estos pensamientos. Se imaginó en un espejo. Ridículo, pensó.

Sentía aquella sensación como una gran traición de sus ojos que cómo vueltos hacia dentro le contaban a Luzia sus verdaderas intenciones.

Julián estaba enamorado de Luzia desde hacía años. Enamorado de su pelo y el lunar diminuto en la nuca, enamorado de su impuntualidad y el mal genio que le propiciaba el transporte público. Estaba enamorado de su perro: Bola y aún más de sus estrategias para sortear la vida. Julián estaba estúpidamente enamorado de Lucía, cómo los que se enamoran de verdad. ¿Sería posible que ella nunca se hubiera percatado de ello?

No. Rotundamente no. Luzía lo sabía, claro que lo sabía. Con la misma certeza que apierta el freno del coche y sabe lo que pasará a continuación: frenará. Pero Luzia no se jacta de ello, ni si quiera lo obvia. No ignora los sentimientos de Julián, aquello le parecía jugar sucio. Simplemente lo traducía a la relación cómo un proceso más que Julián tenía que experimentar en su vida, sólo que ella lo sabía transitorio y el creía que iba a durarle para siempre.

-He conocido a un hombre- Rompió con aquella frase sus pensamientos.-No parece preocuparte- Añadió con una sonrisa traviesa en sus tremendos labios.

Julián sonrió. No, no le preocupaba nada en absoluto. Había vivido ya la experiencia de muchos hombres con Luzia, incluido él , para sospechar que éste no iba a ser diferente. Por muy rápido que corriera cualquier bestia, Luzía siempre llevaba unos kilómetros de distancia. La eterna huída de Lucía hacía la soledad era su esperanza de atraparla en algun descansillo al borde del camino. Egoísta, ciertamente, se recriminaba a sí mismo pero incapaz de retenerla había decidido que si algún día a ella le flaqueaban las piernas se aprovecharía de la ocasión para recordarle quien sabia de su meta desde el principio.

-Lo lamento por él.- Añadió sorbiendo un poco de su batido de vainilla.

-No seas cruel...-Contestó ella mirando la hora en su telefono móvil.

-No soy cruel Luzía. Sólo que...tu estás ahí, esperando que te ocurra algo que no va a pasar si tu no pones de tu parte. Tu dices que corres en una dirección pero si fuera así, acabariamos por alcanzarte. Yo creo que empiezas a dar vueltas como una loca y así no hay quien te siga...

-¡Ves! Es que no lo entiendes. No se trata de que alguien me siga, se trata de que haya "alguien"- Y dijo esta palabra con solemne tono- que me de un motivo para quedarme quieta. "Alguien" que me haga olvidar toda la carrera de mi vida. A veces, cuando miro atrás pienso : " Mira todo lo que has esquivado ya y lo que has caminado...camino, ruedo, serpenteo y me pierdo...Me he perdido tantas veces...pero aún no he conocido a nadie por quien merezca la pena quedarme quieta y esperar a ver que pasa. Sólo pido que nadie me empuje a la vida.- Acabó de encuadernar aquellas palabras con un guiño simpático y soltó unas monedas sobre la mesa antes de ponerse de pie.

-¿Te vas?-Se lamentó Julián observando la cerveza de Luzía medio llena todavía.
-Me está esperando- Fué su respuesta mientras se envolvía en una verde bufanda que ocultaba su elegante cuello.

La huída de Luzía era el reflejo de la soledad que habita en todos. Luzía ya había experimentado el amor físico, el intelectual, el bondadoso, el casado, el enfermizo y el comprado.
La gente cree, que cuando dos personas se enamoran lo saben desde el mismo momento en el que se descubren el uno al otro en el mundo. Luzía duda de esa certeza, ella descubre muchísima gente nueva en el día y no se enamora de cada uno de ellos. Debe de faltarme corazón, piensa.

Debo de repartirme mal los esfuerzos para ser descubierta por alguien. Algo falla y debe de ser ella. Luzía no está ahora en el momento racional en el que piensa que sencillamente no se ha producido la coincidencia física entre ella y su, llamemosle, mandarina. Luzía cree que está haciendo algo mal. Lo cree porque hoy es un día de color rojo, un día confundido, ha pasado una mala noche y se agarra los ánimos para que no pasen del suelo, casi se tropieza con ellos.

Pero cuando Luzía llegue a casa, después de embestirse cómo dos bestias en una alfombra con el mecánico de impresoras comprenderá que sólo está cayendo en un estúpido círculo obsesivo que la desestaviliza. Que toda la duda que tenía puesta en sí misma se evaporará cómo el sudor de su ejercicio sexual y caerá por el desague de la ducha. Entonces, cuando le invada el frío y se vista con su pijama de algodón caliente y ceñido, se mirará al espejo antes de meterese en la cama y sabrá que no debe dejar escapar a la percepción de su entrecejo, que cómo un pequeño demonio le estira la cara y la hace irreconocible para sí misma.

Pénsara: "Relativiza Luzía, respira un poco Luzía, cómo lo hace el viento. Sólo tienes veint-i-cinco años y quieres sentir la vida cómo un viejo sabio de setenta. Tranquila, la profundidad te la dará el tiempo, va a sellarte cada año con un beso. Cómo lo hace el viento en las rocas."

lunes, 19 de marzo de 2012

Luz-ía.


Cogía el tren todos los días. Cogía el tren hasta la gran ciudad, cogía el tren y no su preciosa bicicleta porque ir con ella hasta la ciudad sería condenar a muerte a sus rodillas. Siempre se había acomplejado de sus enquencles rodillas y era difícil verla con falda, íncluso cuando acosaba el calor.
Aquella mañana , despuntaba una tímida luz en el cielo que vencía la madrugada. La luna se retiraba en retaguardia por el oeste cómo una lámpara pálida y Lucía buscaba desesperadamente su paquete de galletas en aquel bolso gigante que llevaba cruzado sobre el hombro.
Cuando por fin, con gesto triunfal, lo encontró cómo si de una intuición animal se tratara, se percató de que a unas pocas filas de distancia un hombre la contemplaba divertido desde uno de los asientos.
"Lo conozco de algo" pensó Lucía devolviendo la vista a la ventana. Escudriñó los recuerdos de sus últimos dos años de vida, peleandose con la memoria trivial que se encarga de recordar la programación de los sábados y agarrándo con fuerza aquellas situaciones que le encogieron el corazón algún dia muy temprano. De repente, "lo vio", recordó la cabeza de aquella torre de hormigón entre sus piernas y el sabor de la cerveza una noche de verano.
¿Era posible que se hubiera olvidado de Tomás? En efecto, su memoria no alcanzó a reconocer aquel hombre de metro ochenta que separaba con gracia las piernas cuando se sentaba y acompañaba sus comentarios ingeniosos con un tic en el ojo que a Lucía terminó por no hacerle ninguna grácia.
Intentaba recordar lo que había sentido por él entonces pero era incapaz de evocar ningún recuerdo que se extendiera más allá de la imágen de una pareja rídicula de adolescentes. En su memoria adulta no era capaz de revivir, aunque sólo fuera por necesidad, las sensaciones por las que un día se sintió alentada a levantarse y salir en busca de Tomás, a cualquier hora y en cualquier parte. ¿ Era posible que aquella figura tan grande que ahora se le antojaba vieja y desconocida le hubiera humedecido el sexo? ¿ Era verdad que aquel desconocido la había apretado contra él en otras callejuelas? Le parecían recuerdos irreales, casi dibujados con la tinta de la imaginación. Pero sabía que eran ciertos sólo que la distancia del tiempo había dejado una huella corta y la vida de cada uno había desarrollado raíces distintas que los alejaban más que los años.
Lucía no volvío a levantar la cabeza, sacó el libro que leía desde hacía una semana y con el vaivén del tren se perdió en las profundidades de cada palabra hasta llegar a su parada. Cuando levantó la vista, el hombre- torre ya no estaba. Suspiró aliviada y se enfundó los guantes antes de salir del tren.
Miró el reloj de la estación, faltaba aún media hora para que empezara su turno en la oficina y parecía que el mundo no iba a detenerse para que pudiera leer tranquilamente. Así que casi sin consultarlo con sus ganas se dirigió al bar de la esquina de la estación y pidió un café americano que le levantara las pestañas del suelo.
Esperaba su café mientras curiosiaba el local, hacía ya unos días que había decidido redescubrir la ciudad cada día aunque por ello se entendiera observar un mísero calcetín blanco colgado de un balcón que ayer no estaba. O redescubría la gran ciudad cada día o ésta misma se encargaría de hacerla a ella cada vez más pequeña, hasta reducirla al sonido de unos pasos inquietos que ansían volver a casa.
Y allí estaba Lucía, sentada en la barra de un bar cualquiera esperando que la descubrieran. Se divertía pensando que quizás podía quedarse allí todo el día, llamar al despacho, decir que había contraido una enfermedad por culpa de un mosquito y zafarse de aquella silla de oficina con la que no le llegaban los pies al suelo. Todo era culpa de la silla.
Acariciaba la idea con un sí, un no y la indecisión que removía la cucharilla con el azúcar en el café caliente. Dió el primer sorbo y decidió que sí, bajó la taza de sus narices, vió a Javier y decidió que no.
Se levantó del taburete con decisión y buscó con rapidez su monedero entre los objetos apretados de su bolso, una vez más, esperando que Javier no la hubiera visto a ella. Pero Javier se dirigía con rapideza y mal disimulo hacía ella, lucía una sonrisa de anuncio que Lucía detestaba y se había vestido de traje, cosa que ridiculizaba más su extraña forma de caminar.
-Eh , Lucía.- La llamó desde las espaldas. Ella se volvió dibujando su mejor sonrisa, esa que tantas veces le había dedicado al espejo cuando era una niña y le ofreció dos besos rápidos y vulgares a modo de pista sobre sus intenciones, que ya no eran ninguna intención.
-¿Cómo te va?- Le preguntó ella frivolamente mientras miraba, de reojo, el reloj.-
-Bien, cómo siempre supongo...- Contestó él pasandose la mano por la nuca cómo si fuera a darse cuerda para no detenerse en el mal aprieto, comenzaba a ponerse rojo. - No me llamaste...- le dijo finalmente.
Lucía abrió sus ojos negros y grandes de par en par. No podía creerlo, lo había sospechado desde que se había acercado a ella con esa decisión, aquel muchacho era otro de sus coitos festivales sin memoria definida. No debería haberle dado dos besos, bastaba con estrecharle la mano pero había olvidado porque un día decidió enrredarse las piernas con él y ese olvido también lo arrastró a él.
-No tenía nada que contarte...- Contestó rápidamente mientras cogía su chaqueta y salía por la puerta, esquivando a los demás clientes con una ágilidad felina que la sacó al aire de la calle en fracciones de segundo.
Comenzó a impacientarse con su memoria, cómo si de un duende se tratara estaba jugando a ponerla en las situaciones más variopintas de su recorrido vital en cuanto a sus experiencias sexuales se trataba. Lucía bajaba la calle ancha dándose pequeños golpecitos en la cabeza cómo castigo por su inneptitud mientras intentaba aceptar el rídiculo de aquella situación pasada.
Otorgó a aquellos acontecimientos la categoría de casualidades, por su poca repetición en el espacio-tiempo y se juró así misma que la vida no sería tan perra de volver a repetir otra vez la misma situación por tercerca vez en un mismo día. Prometerse cosas cómo principio de un sentido común la tranquilizaban : "seguro que encontraré la calle que estoy buscando", "hoy sólo me comeré tres galletas con mantequilla", " Ya me he encontrado con dos tios con los que me acosté, un tercero sería cosa de una cámara oculta".
Y convencida del rigor matemático y casi real de aquella ecuación de sentido común acabó dándo con sus pasos en el paseo marítimo. Llegaba tarde al trabajo, o así lo anunciaban las campanadas del ayuntamiento que se oían cómo el grito de un ogro lejano allí en el puerto.
Decició dar un paseo hasta la playa y terminar las últimas páginas de su libro escuchando el bramido del mar que la estrecharía entre sus brazos de sal.
Dsitraída con la fachada de un edificio antiguo tropezó con una anciana que a duras penas podía levantar las faldas del suelo, encorbada cómo un movimiento natural que la devolvía a la tierra la mujer la riñó con el bastón en alto. Cosa que sirvió de consuelo a Lucía que se refugió en la idea de que la anciana todavía podría levantar el puño insurrecto si hubiera guerra.
En esos pensamientos estaba cuando unos ojos verdes le sonrieron en un cruze de miradas, Lucía dió una vuelta sobre sí misma. Este tampoco le sonaba de nada, ninguna imágen se le aparecia en la cabeza y el tampoco había vuelto su cabeza para encontrarse con el interrogante de ella. Durante unos segundos que le parecieron eternos se debatió con las piernas echas un lío si volver sobre sus pasos o seguir caminando.
Aquellos ojos verdes le habían intrigado. Cómo poseída por un impulso se propulsó hacía delante y adelantó su pecho por delante de las enquencles piernas que tanto odiaba. Dió una palmadita en el hombro del muchacho , esperando que la recibiera con su nombre y una pizca de tentación bailándole en los ojos.
El muchacho se giró y con una sonrisa programada y ningún interés en sus ojos le tendió un papel en las manos a Lucía que cómo absorta lo vió desaparecer entre las gentes del paseo. "Irish Pub" decía el anuncio. Respiró profundamente y apretó el papel contra su pecho."Gracias" murmuró. Empezaba a dudar de su capacidad para retener la informacion necesaria para la supervivencia en sociedad.


viernes, 16 de marzo de 2012

Hoy, me sobra corazón

Sé, que de un tiempo a esta parte
mis brazos te parecieron jarras;
cerrados y vacíos
que caían
en tus desesperados intentos de agarrarte.

Te siento hoy, desde la lejanía de un cuerpo muerto
cansado de reconocerlo:
nada en este mundo
ni si quiera el miedo
merecía el daño que yo te he hecho.

Te ha quedado desfigurado el mundo,
cuando he impactado en ti,
beso contra verso.
Quería callar este paisaje invernal
que nos tiene mudas
en dos orillas.

Me dí cuenta,
quizá muy tarde ya, (cómo todos los que se van y regresan)
que no puedo recuperarte con viejas tretas
que te sabes de memoria
mi sonrisa dominguera
cómo las curvas de mi pelo.

Debería dejarte ser,
pero aún hoy creo que ser tu
tiene algo que ver conmigo.

Tal vez el amor nos ha desnudado hasta los tobillos
y yo sólo espero el ataque de aquellos que saben entregarse,
a una causa justa
que bien puede ser tu corazón roto.



martes, 13 de marzo de 2012

Nos olvidaron las calles



Compañero,
deja ya de morderte el miedo y apretar los dientes,
Yo ...Espío el recuerdo
Y no te encuentro delante, valiente.

Sólo veo cómo silvas con el aire,
desprevenido del tiempo,
ignorando el compromiso
de cerrar una herida color dolor.

Sucede, que a ratos me encuentro
con ciertas miradas
que me preguntan
dónde estabas.

Y yo,
-devolviendo me al pasado-
no tengo fuerzas ya para contarles
que viajé a tus lugares
y volví envuelta en llamas
que no calientan nada.

Abrazada, yo
a un cuerpo que no es el tuyo
comprendo el mal que hace
cuando no hay más remedio que amar mucho,

revisa las calles que nos oyeron los pasos
ya no queda ninguna huella
de nuestras voces a la madrugada.

Amigo, compañero
voy a confesarte un secreto:
Nos olvidaron las calles
y llegó el invierno.
Quien huye de un corazón trémulo,
corre el riesgo de morir de frío.



lunes, 12 de marzo de 2012

Atentos los ojos.

Al borde de la locura,
en el barrizal de presión,
-nido de perjurios-
allí, anidan los monstruos.

Con el miedo a la libertad
atamos a la piel más fuerte
el nombre de "esclavo".

Busco atenta, respiro atenta
¡hoy quiero la rebelión!

De mi propia sombra
-si fuera preciso-
harta ya de seguirme los pasos ciegos.

Cierro los ojos...
pero los ojos del alma
nunca duermen.


jueves, 1 de marzo de 2012

Lo grito, aquí y ahora.

Hoy el aire a vuelto viejo,
huele a todo lo que se llevó un día.
Lo ha devuelto todo
roto y derrotado,
en forma de fantasma
que golpea el cristal de la ventana
en forma de brazo rama.

Lo ha devuelto muerto...
pero no enterrado.
Así se mastica el tiempo
que trae las cenizas
y las palabras
que ya no cuentan nada.


Bosteza el aire y brama,
como un Dios destruido,
como un Demonio cobarde
que pasa peinando mis entrañas.

Doy vueltas a la calle...

Y nada.
Nada.
Nada.

Dicen de los muertos,
y son los únicos que se salvan.