Volvía a mirarla e intercambiaba miradas con su pelo y el café que degustaba, como todas las tardes que había pasado allí sentado con el mismo propósito.
Hugo no podía dejar de sacudir su mirada con los movimientos de aquella chiquilla que parecía endemoniada. Debía tener unos trece o catorce años aunque era baja para su edad.
La niña tenía el cabello negro como la noche fría y oscura. Sonreía excitada mientras corría tras los otros niños.
Hugo la observaba restregarse por el suelo mientras peleaba con otro saltarín por una manzana y no podía pasar por alto la curiosidad que aquella pequeña zingara le provocaba.
Pidió la cuenta y encendió un cigarrillo sin perder de vista el juego infantil que tenía delante. En cinco minutos Hugo debatió, se peleó, colció a ganar, pegó un puñetazo y volvió a perder la partida a la idea que llevaba en su mente desde hacia unos meses y se le presentaba por las noches: Adoptar a esa niña.
"Usted carece de sentido común señor" le respondió la directora del horfanato "Tenemos niños de alta cuna que...bueno, usted ya sabe...bastardos- y carraspeó- que serían, seguro, una mejor opción que esas diminutas bestias que caminan descalzos por ahí y sólo traen problemas."
La sonrisa de la vieja y el olor que esta desprendía agradaron tanto a Hugo como la idea de abandonar a la diminuta errante. Ya había hablado de ello con su ama de llaves: Jacinta, la única persona de la podía obtener la sinceridad que necesitaba en aquellos momentos.
-Señor, traiga la niña a esta casa. Está decidido. Después de todo usted no es más que el hijo de un pobre diablo que prosperó a su modo.- Y la viejecita sonrió recordando el rostro amable y enjuto de su difunto patrón.
-Dicen que es problematica y trae de cabeza a todas las empleadas del horfanato: ya ha saboteado varias veces las comidas y ha quemado las cortinas de algunos cuartos pero si la vieras Jacinta...tiene una mirada que parece que habla por cien años. Magía es pura mágia.
-Señor, cuando hablamos de una niña que sabotea el pastel de cumpleaños que su padre a encargado mientras los invitados llegan al Palaccio hablamos de problematica no de presos que buscan su libertad.
Hugo estaba decidido, sentía la necesidad inexplicable de hacerlo. Jamás deseó con todas sus fuerzas ser padre ni tampoco le entusiasmaban los niños pero aquella niña le tenía el seso partido. Adoraba su picardía y aquella mirada verde de pantera herida.
No sabía si aquello que quería era realmente demostrarse a sí mismo de lo capaz que era de educar a una salvaje lista como aquella y salvarla del mal o deseaba hacerlo realmente. Ambos retos lo atraían. Sin saber porqué pero era : Ella. Era Mágia, pura mágia.
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