Puedes disfrutar la vida de lejos.
Puedes mirar las cosas pero no probarlas.
Puedes acariciar a la madre con los ojos.

No puedes tocar estos fantasmas.

Quien bien te quiere, te quiere libre.

sábado, 8 de diciembre de 2012

El futuro será ceniza.

"La esencia de la relación entre las conciencias es el conflicto" Sartre


¿De qué sirvió aprender tantos nombres de hombres muertos? ¿Qué sentido tiene abrigarse del frío cuando ese frío está dentro? Hoy sólo me satisface reírme de mis propios deseos. Despreciar mis recuerdos cómo los adultos desprecian la palabra de los niños. Me muerdo los puños con la esperanza de perder los dedos pero el verdadero dolor que me atormenta es tener dedos que perder.



I. El rey de la Resistencia.

Llevo puesta una corona en llamas sobre la cabeza. Negarla es mi muerte y resistir, resistir es morir a plazos pagados. Tengo un acuerdo de resistencia con mis incertidumbres y ellas bailan felices al rededor de mis razones. Cuando me arrodillo ante la Diosa del Absurdo las llamas de la corona prenden la ropa y ya no me ilumino pues soy un  desvergonzado iluminado que arde en su propio trono.

II. Una voz en el exilio.

Si vivir es afirmarse...¿porqué yo me niego a cada segundo? Si renuncio a mi reino en las alturas quedo en paz y tan tranquilo que me darían por dormido pero sé que incluso en el mundo de los dormidos aún me sabrían despierto.

Los dormidos no son compañeros de un buen viaje sino de los sueños. En los sueños mis manos valen menos y cuando despierto pesan más.

III. El alarde del aire.

Despojado de mi título, me hundo, hay retales de mi que se aligeran.

Mis incertidumbres cojas y enfermas no saben dónde danzar, no hay muro de oposición. Se encuentran perdidas y nunca antes habían sido tan auténticas.

Sin mi resistencia, su absurda existencia justifica mi corona.

IV. Un principe sin precio.

Un precio, un valor sería la resolución definitiva para esta angustia. ¿Pero qué precio hay más alto que la propia vida?  Y lo estamos regalando, qué digo...¡peor! sacrificando en nombre de unas normas y medidas, en nombre de unos deberes y causas, en nombre de una razón y en contra de una locura.

Un principe sin precio es una locura, pues ya pueden venir a llamarme loco. Yo tuve en mis manos la corona y ahora reconozco que perecer con mayor suavidad que el suicidio no compensa ningún poder.

V. Las tormentas de verano.

Ya no llegan las campanas cerimoniosas a mis oídos, sus ritmos y pausas. Ellos y yo, pasamos a ser tremendos desconocidos. Mis incertidumbres comprendieron que para bailar, primero, hay que saber de música. A la prisa por vencer mi reino helado de oscuro invierno ha venido a brillar el sol eterno.
La Diosa del Absurdo se ha disculpado,  fecundó el tiempo y ha cambiado mi tormento vital por tormentas de verano.


II. La conversión a la post-modernidad.

II.I Una coraza post-moderna

Qué miedo reconocer qué de mi se desprende una sombra, cómo de cometa lisa y titubeante que baila en el cielo. Desobediente a la gravedad. Las cosas que son, son sin permiso. No puede acorralarse a la existencia más salvaje, no se puede negar el aire que ejerce su liviano ritmo, una naturaleza natural no es hiperbaton en un mundo en el que el tiempo es programado por relojes automáticos.
El ídolo moderno es la vida que se practica sin práctica. Veinte libros para aprender a ser madre y dos semanas de reposo para serlo. Cinco mil academias de pensamiento y ningún pensamiento fuera de las academias.

Muchas perecieron para que el resto nazca. Ideas perecieron para abonar ciertas certezas. Y no hay más placer entre los recién nacidos que encontrarse. Encontrarse antes de vestirse para siempre. Se nace desnudo y se muere elegante. ¡Seamos libres antes de que se nos impongan los cordones de los zapatos! Encontrarse antes de vestirse para siempre. Los nativos de la vida sólo disfrutamos con los pies descalzos pero ahora los nativos somos cómo hijos del asfalto.

Suenan las sirenas melodías de una caótica ciudad. Cada instinto guarda su barrio. Sólo se pertenece a lo que se quiere pertenecer, no basta un portal sin numero o una acera con bajada, la calle se ha de sudar.
Quien dice poder olvidar las heridas es porque no le cicatrizaron nunca.
Hay que reconocer a la muerte en los cementerios y perdonar a la vida varias veces más.

III. El vicio de mirar.

"Cuando uno mira en el abismo, el abismo también mira dentro de él"

El vicio de mirar y mirar y por esta razón es vicio, porque no ve nada. Mirar hacia abajo mientras se camina por la calle, mirar hacia arriba sólo para reconocer a la autoridad.
La virtud del ciego es poder ver sin mirar, no ser partícipe de una sociedad vendiendo lotería.
Un mundo de ciegos potencialmente libres son todas esas ciudades sin nombre y todos esos sin nombre que aspiran a serlo. Un mundo de ciegos viejos lidera los campos.

¿Cuando Dios era omnipresente, dónde miraba? Ahora que es omni-obsoleto...¿se ha quedado ciego? No existe gran diferencia entre su reino y su legado. La ceguera de muchos se contagia desde los aparatos publicitarios. Envejecer es quedarse mirando pero a la vejez no se la mira a los ojos.

Lo que nos pasa es también lo que les pasa a los demás. Ese es el vicio de esta nueva sociedad. El vicio de mirar lejos, lo más lejos posible de unx mismx.

III.I Falsos

Se sirven de la mejor comida pero también toman la basura. Su deseo no es comer contigo pero con gusto, heredarás su banquete.
Con todo y nada sólo queda la deuda ,de la verdad, en una mirada incómoda.

IV. La vida no es una condena.

Vivimos delegando lo auténtico, juzgando lo transformable, despreciando los viejos retos cómo si nunca hubieran sido dignos de retar. En los momentos clave, los clásicos juegos quedan obsoletos. Dónde sólo debía haber una escueta mentira ahora se sufre un gran daño. Pedir perdón no resulta igual de fácil que cuando se es niño. Ser adulto es perder paciencia mientras ganamos pacientemente el orgullo.

Vivimos con la fantasiosa levedad de lo que es eterno y sin embargo conocemos mil muertes instantáneas. La gente más amable aún se grita en la cola de los mercados, los que ya han muerto suben y bajan sin esfuerzo escaleras del metro.

No es lo mismo 100 gramos de justicia que lo "máximo" posible de justicia, lo saben los injustos que la reservan. No es lo mismo hoy que cualquier día, pero transitamos por el hoy cómo si cualquier día nos fuera a llegar la vida.
Un simple gesto, autónomo de unx mismx, muchos simples gestos nos dirigen cuando estamos a solas. La vida no es un oficio, aunque tristemente se practique conforme a ese tamaño.


V. Nuevas alianzas.

Muchas respuestas emocionales sin respuesta, esa es la sensación que corona nuestras ganas. Nuestras depresiones y huelgas existenciales son respuestas emocionales generadas por la falta de preguntas. Recurrimos a los hábitos y costumbres para ostentar la realización personal. ¿Y que realización puede haber en unos instintos programados?
Ni el más fuerte de los milagros traía consigo la promesa de la paz. Los senderos no hacen a la montaña y la muerte no puede ser mas incierta que la vida.

VI. Recientes promesas.

Hay caminos dónde el norte no sirve para nada y ventanas sin gente que despedirse. A la tristeza no le corresponde una tarde de domingo y la lluvia no es siempre la aliada de la mala suerte. El ser es la causa primera.

Una promesa reciente no es un propósito para mañana, hacerse viejo es la promesa del tiempo pero muchos permanecen jóvenes sin que el tiempo les corresponda, piensan que han vencido y sin embargo es la vida la que les ha dado la espalda. Sólo envejece aquella persona que se atreve a sembrar las razones de sus futuras heridas y arriesga con ello la piel,  o bien apuesta por la alegría.

Una certeza de pensamiento debe entrar al juego debe danzar y dudar, si no se mueve si no baila será un dogma, una idea tirana.
Una vez adquirida una certeza propia se acepta que la práctica hará madurar el resto.

Pero repito, ante los espectadores con nauseas : El ser es la causa primera, y esta no es una explicación agradable.

VII. La correspondencia.

Quien espera una respuesta, no conoce el silencio.
Quien se esconde en la oscuridad por mucho tiempo, no soporta la luz.

Nunca hay un diálogo entre la propia existencia y sus razones, pues no hay razones para existir. El silencio de este debate se produce al escogerse a cada instante. Somos un indeterminado libre de determinarse ésta vez y cuantas veces quiera.

En el país del futuro se oyen murmullos de recelo para los inquietos que aún son sinceros, buscando las tablas en el alma.

VIII. No dibuja la brisa.

La brisa no dibuja, el viento no enreda, no calienta ya la espalda el lazo de la madre. No susurra el aire, ni si quiera en otoño. No conjura la luna flaca, todos los pasos que quedan son los que se alejan y sólo en las monedas se dibujan sonrisas.

En la precariedad no cabe la mediocridad:  medio herido es medio muerto.
Nuestra tarea es hacer sensible lo invisible a las esencias potencialmente libres. La insurreción de la própia vida es la ruina de la rica mezquindad.
El que miente mejor, no es quien dice parte de la verdad, es el que nunca más se levantó después de un error y extiende su farsa irrealidad cómo realidad propia, pero incluso éste sabe la verdad:
No vale salir al paso con la vida.

Ahora que nada nos sobra y todo nos falta, soportamos con gusto cualquier frío menos el frío en la garganta. Somos enfermos de ideas honestas dispuestos a dar vida al silencio y la rabia organizada.

IX. La primera rebelión.

De los instintos nace la adicción a la búsqueda siempre inconclusa  del dominio del individuo, vuelve a besarme mi mayor verso interior: mi autonomía es la primera rebelión.


IX.I Resurgir

Agujerea indiscretamente los sepulcros de tus opiniones,  los fantasmas requieren de la vida cómo su más baja razón de existencia, sólo un necio confundiría con mentiras sus pasadas posiciones.
Traza un círculo de fuego negro y el que se quede dentro,  será tu amigx más allá de todos los renacimientos.

Dónde mejor brillan las estrellas es allí dónde no tienen ni nombre, ni dueño.

X. Las pretensiones.

No se puede tener más pretensiones que contar lo que alguna vez nos dejó mudas.
La ignorancia es repetitiva, no puede ser en sí misma una pretensión. A saber leer se le aprende leyendo y para aprender a amar, estar enamorado es "sólo" necesario.

Las pretensiones llegan con la renuncia a una depresión que venía dada por la recesión de mis libertades , lo soñoliento alimentaba el alma mientras me educaban para adquirir la torpeza que niega cualquiera de mis destrezas. Me acostumbré a sentir lo que pienso y a pensar lo que siento.

Desgraciados los que dicen madre y olvidan el vientre. Ninguna verdad absoluta mueve el mañana y quien sabe eso puede levantar el puño y quizá, los párpados.

XI. Las renuncias

Hay quienes renuncian de su nombre y quienes renuncian del rey. Hay quienes renuncian al fracaso y por ese burdo decreto imperialista fracasan en su vida.
Lxs más tristes son lxs que renuncian a sí mismxs. Renuncian renunciar y se convierten en fantasmas.

Me han pedido mil veces y de mil formas que renuncie a mi misma: por educación, ideología o comportamiento, pero yo no puedo. Yo no sé de desmembrar mi cuerpo, yo no se de amputar mis ganas. Ya superé el deseo de agotar mis angustias, yo ya renuncié al mayor drama por seguir viviendo.

Y cuando decidí quedarme, a propósito de vivir, me miraron con ojos recelosos cómo si llegara tarde. No, yo nunca llegué tarde a dónde quise llegar. Llegué a tiempo en el único tiempo que tengo, el mío.
Así cuando encuentre mi verdad podré devolverle a mi infancia tantos años de testarudez existencial.

XII. Las conversaciones

XII. I

-Tu eres capaz de sostener cosas por el único hecho de que son así desde que las conoces. En realidad no se sostienen por sí solas, las sostienes tu con tu poca competencia.
Hay verdades tan anchas de nada que con poco se van volando.

XII.II

-Demasiadas expectaciones para un solo tiempo y pocas esperanzas para la antesala del propio tiempo. A veces, sería necesario recordar que el futuro también será ceniza.

XII.III

-La tristeza es una resistencia. Si se decide vivir, no se puede vivir ya más obviando el deseo propio que una vez nos quiso muertos. Entonces uno se vuelve azul y recuerda el peso de los párpados.
Una tristeza ligera es como esperar ver una estrella de día, siempre es más fácil que vivir esperando llegar a soportar, algún día, todos los yoes que tiene uno mismo.

XII.VI

-Asfixiar con una reverencia las ganas e inclinarse al anonimato exiliando la propia vida en expresión. Eso es a lo que tu llamas importantes transacciones.

-Avivar con la mirada una conversación eufórica, coincidir en el punto exacto de un pensamiento en las conciencias. Eso es lo que tu llamas trivial.






































lunes, 29 de octubre de 2012

Nuestra apuesta.

A mi miedo le he dicho
que ya no está sólo
y le reservo nuevos duendes,

Le pregunté a los campos
cómo hacía con las flores silvestres
y me dijo que él sólo espera la primavera.

Mientras saltamos tejados diferentes
refugiándonos de la corriente,
y poniendo a punto nuestras velas
somos dos gatos de la misma callejuela.





Del dolor mínimo, una vida insípida.



Pongamos por supuesto,
que ya no echamos ese café.
Demos por supuesto, pues
que dejamos de ser los mismos.

Reconoce, entonces,
que algo dices cuando callas.

Las viejas existencias y yo sabemos
que los naufragios duelen
a los que tienen el corazón en tierra
pero eso no es nada
para los que duermen en el mar.

domingo, 28 de octubre de 2012

Sabiduría salvaje



Tengo, un cielo atrapado,
entre el vientre y mi boca.
Me deja sin aliento
cuando se pone a llover
y ha estado jugando a reírse
de mis únicas verdades
cuando aún no eran tales
cómo la palabra de un juez.

A este cielo que yo tengo,
que es un segundo corazón,
le han salido dientes
y se dedica a mordisquear
toda mi contradicción.

Este cielo es una enfermedad
de los instintos.

Yo sé, que mientras llueva dentro
germinará en mi dolor,
lo único que yo necesito:
pan, arte y amor.

Pero cabeza, cuerpo, cielo
aliento, llanto, calma, dolor,
vigila dónde subes mis demonios
y que partes de mi alma cazas
-no, no renuncio a los fantasmas!.
-no, no renuncio a la sabia abundancia!

Tengo una vida de ganas enfermas,
acostumbradas a perecer para resurgir,
pero siento que es tan pequeño lo mejor de mi...





jueves, 18 de octubre de 2012

Cartas a mi futuro.

Cartas de un Octubre duro.

Para empezar reconoceré que mi estado físico no es el mejor y qué lo que hoy me pasa no es un conflicto aislado a las cinco de la tarde sino que es algo que vengo arrastrando a tientas, sin querer mirar demasiado, de allí dónde quiera que venga.
Escribo esto en uno de esos días en los que es necesario escribir en tinta, uno de esos días en los que te sirve cualquier papel y encontrar un recorte roto en el bolsillo se vuelve el más maravilloso de los milagros. Me he detenido en el camino para vomitar esto, no quiero llegar a casa y que se me quede dentro por miedo   al absurdo.

Este Octubre viene siendo gris.

En la vida que pueda recordar cualquier adulto hay espacios para la soledad, recuerdo cuando borraba uno a uno los amigos de mi mano y me parecía que el mundo era un desierto sin sitio dónde parar pero ahora no es el mundo lo que se queda desierto, no es el paisaje exterior el que me duele. Ahora siento cómo si algo se me estuviera rompiendo por dentro, justo en el pecho y es algo que se estira. Es una herida que voy salvando cómo pequeños charcos en un día de lluvia pero joder, ha parado de llover, han pasado los días y sigo esquivando charcos que ya no tienen sentido de ser.

Me siento un eco de decadencia.

Siento que estoy esperando caer en el hoyo para ver si así descubro el origen de mis males. Quizá no me rompo, quizá solo crezco y me duele. Quizá es sólo una espiral de pesadumbre y el sol brilla ahí fuera pero a mi no me llega. Quizá sólo es lo que le pertoca a una cabeza más loca de lo habitual. O quizá, realmente, me está pasando algo y sólo puedo esperar: en realidad, cuando las cosas pasan nadie sabe dónde acabarán.

Por otra parte pienso que vida hay una y es una pena vivir la a la baja pero...¿qué hago si nada me mantiene arriba y cuando quiero darme cuenta se ríe de mi la soledad a escondidas?

Cuando les dije que les echaba de menos, no era a sus perfumes ni sus piernas, era al simple calor que se dan los amigos con una mirada. Claro que para eso uno necesita tiempo y zafarse del abrazo de los hábitos.

Nunca un refrán me recomendó un secreto tan callado: "Quiéreme cuando menos lo merezca, porqué será cuando más lo necesite" Si quieres, añadiría yo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Que son cuatro cerca de los diecinueve.

Sé que son cuatro
pero son reales
y no necesito llevar sus nombres
en otros tatuajes,
que no sean
sus ojos y sus modales.

Sé que son cuatro
pero son reales
y no necesito sacarme fotos
en carruajes
si podemos ir andando
a nuestros peregrinajes.

Sé que son pocos
pero no buscan focos
para calentarse,
mejor cerveza fría
y conversaciones informales.


viernes, 12 de octubre de 2012

Tu peso en la tierra.

I. Socorro y Nadie.

La mujer del obrero se limpia las manos manchadas de sangre del pollo que acaba de preparar. Se muerde los labios, le escuecen las heridas que aún no han sellado en su curtida piel.  A fuera, la lluvia se rompe en la ventana de la cocina cómo una composición fúnebre, la tierra se ha quedado muda.
El servicio electrónico es deficiente y la mantiene incomunicada. No hay teléfono ni luz y el sol ha quedado resguardado por un abrigo de nubes densas. El horizonte se ha quedado gris.

Sazona la pechuga mientras intenta retirarse un pelo que le cae sobre los ojos. No lo consigue y rompe a llorar. No tiene fuerzas para sostener el cuchillo que se le cae de las manos. Consigue sentarse a tientas.
Solloza. La mujer del obrero solloza en silencio y la garganta le quema, se retira las lágrimas y mira el reloj: su marido está a punto de llegar.

Se escurre por el pasillo que conduce al patio trasero y antes de salir se descalza unas botas viejas de cuero que le regaló su madre por navidad. Los pies liberados notan el pescozón dulce de la humedad. Sonríe y sale al descubierto.

El asfalto rezuma calor, el rocío ya ha calado en sus pulmones y el agua la recorre lenta por la piel. La carretera está vacía y no se ven luces a lo lejos. De su garganta ruge un silbido inaudible, un código de soledad indescriptible, la mujer del obrero son unas piernas cansadas de andar solas y mil pensamientos disparando en direcciones opuestas.


II

La mujer del obrero retira los platos de la mesa dónde acaban de comer y tiende los restos al perrito que la acompaña cada día a hacer la colada. Éste, agradecido, le da un lamentón de pasada y se marcha con la comida.

-¿Yo qué soy Carlos?- Le pregunta a su marido mientras escurre unos platos.
El marido duda por un segundo, observa a su mujer cómo si le hubieran salido ranas por las orejas y se asegura de no verla preñada ni enferma.

-Mi mujer.-Responde.

-¿Sólo eso? ¿La mujer del obrero?- Quiere saber ella.
-¿Qué más quieres? ¿Qué podría tener de malo ser la mujer de un obrero?-
-Nada. Nada. Sólo, creo...creo qué preferiría ser una mujer obrera y no "la mujer del obrero".- Y vuelve a sus quehaceres cómo si la frase que acaba de decir no le hiciera acelerar el corazón.

-Ya lo eres. Supongo...-Añade Carlos con la esperanza de haber encontrado las palabras acertadas.
-¿Supones? ¿Y porqué sólo supones? Quiero decir...¿qué te falta para estar seguro?

Los dos adultos se miran extrañados. Cómo si de repente alguna muralla inquebrantable hubiera sido atravesada por los bárbaros, cómo si el mar se hubiera puesto del revés en el cielo y Dios ya no fuera juez de nuestra moral. Algo acababa de morirse en aquel instante y los dos eran testigos del juego.

-Recogeré los huevos para más tarde.- Interrumpe Carlos el silencio.
-Está bien. Yo acabaré de fregar la cocina-

La mujer del obrero vuelve sus ojos a la ventana y observa a su marido pasar por el patio, con esos andares extraños que levantan medio pie del suelo. A él ya no le moja ni una gota, a parado de llover.

III

La luz ciega de la mañana despertó a la mujer del obrero que notó cómo el calor había calado las sábanas. Se estiró  y volvió a encogerse dentro de ellas, somnolienta. Aún así, su cabeza le devolvió los pensamientos de la tarde anterior cómo resucitados por un poder mayor que el sueño: el dolor de su peso sobre la tierra.

La gente crece y decrece en sus vidas según su peso sobre la tierra, cuanto más cerca de ella más se hinca, más duele, más reales son sus piedras y más profunda es la herida del peso. La vida no debería ser resignarse a adquirir hábitos y es así, tristemente, de lo que muere la gente en este mundo.

La mujer del obrero volvió a dormirse por unas horas. Soñó que la rodeaba una a una jungla de color gris por dónde escalaba una ladera de piedras blandas que se deshacían bajo sus zapatos y no la dejaban avanzar, en el cielo un pájaro de alas plateadas la guiaba. Sus innumerables tropiezos desesperaron al pájaro  que desertó con la luz del alba. Desesperada, se despertó con temblores que la violentaron.

Bajó a la cocina por un vaso de agua, aún con el camisón cerrado hasta el cuello y los pies descalzos. Descendió las escaleras de madera con suavidad, devolviendo su peso a la realidad. Allí en la cocina estaba Carlos, sentado en la mesa y pelando una manzana.

-Te has dormido hoy.- Le anunció a modo de buenos días, al percatarse de la brusquedad de su gesto añadió: bueno, digamos que hoy a amanecido tarde.

La mujer le sonrió con las ganas de un niño al que le regalan ropa por su cumpleaños y se sirvió un vaso de agua, se sentó al lado de su marido y esperó en silencio y nada: El silencio acabó por esperarlos a los dos y se comió las pocas ganas que aún quedaban : Carlos, agobiado, se levantó de la mesa con rapidez y cogió el pico y la pala para dirigirse al patio por su parte  la mujer se frotó las manos secas y se percató de sus heridas.

Se levantó de un salto y cómo iluminada por una divinidad celestial se dedicó a buscar desesperadamente por los cajones de la casa, registró todos los armarios (incluso los que tenían trasfondo) y miró bajo todas las camas.

-¿Qué buscas?- Le preguntó Carlos qué entró en la casa alertado por el escándalo.
La mujer no respondió, ensimismada seguía buscando dentro de un baúl de madera con ímpetu.
-¡Laura! ¿Qué buscas?- Gritó desesperado.

La mujer del obrero se volvió instantáneamente al escuchar su nombre, casi con la rapidez de un animal y respondió:
-Un espejo.

IV.

Se ha hecho de noche, Laura recoge con la yema de sus dedos las migas de pan que quedan sobre la mesa. Ha tratado de buscarse en el reflejo del agua hirviendo y los azulejos del baño pero ninguno es tan nítido cómo el de un espejo.

Carlos, que había salido a encender las luces del patio, entra en la cocina que aún huele a sopa caliente y patatas hervidas. Se queda de pie, mirando a Laura que lo ve venir. Él se aproxima lo suficiente para respirar su aliento y acaricia la pierna de ella debajo de la falda. Laura murmulla, le brotan sonidos de los labios. Ella le devuelve el gesto con un beso, humedece sus labios con la lengua y los aprieta contra los de Carlos, la respiración se vuelve acelerada. Carlos la conduce con sus caderas hasta la encimera y la levanta para sentar a Laura sobre ella ,mientras, ésta recorre de memoria con sus dedos desnudos la espalda de su marido.

A fuera una tormenta de verano se precipita sobre el tejado de teja aún caliente. La madera cruje con ellos y       la noche se cierra sobre sus cabezas. De repente el clima ácido y caliente de la habitación se vuelve frío y los dos se detienen al escuchar unas voces que provienen del exterior.

-¿Vas a abrir la puerta?- Pregunta Laura apoyada sobre el hombro de Carlos.
Carlos se separa de ella con brusquedad y remete la camisa entre los pantalones. Las voces insisten y golpean la puerta del hogar. Carlos toma una de las palas del campo a modo de prevención y abre la puerta de su casa con inquietud.

En la oscuridad y perfiladas por la luz tenue de los farolillos del patio se dibujan dos figuras de pequeña estatura, encogidas y refugiadas bajo dos mantos.
-Buenas noches, somos unas vecinas que estamos de paso y verá...-Se dibujo en uno de los rostros una sonrisa juvenil que atrajo la mirada de Carlos- nos ha pillado la lluvia.
Ambas sombras sonrieron. Laura que había estado escuchando desde la cocina salió a recibirlas, nerviosa, alisando su pelo negro con las manos.

-Pasen, por favor, pasen.- Las invitó a entrar.

Las mujeres entraron en la cocina y se apresuraron a despojarse de sus ropas húmedas. Ropas que Laura recogió con rapidez para no mojar el suelo. Ambas permanecieron de pie ante la espera de sus anfitriones que parecían haber visto un fantasma. Las dos mujeres eran iguales, ambas tenían el pelo rubio y los ojos castaños, sonreían de lado y vestían unos vestidos modestos con encajes burdeos. Las gemelas olían a tierra húmeda.

-Sentaros, por favor.- Dijo Carlos dejando con disimulo su modesta arma junto a la pared.

Las dos mujeres se sentaron a la vez al rededor de la mesa y permanecieron en silencio hasta que Laura volvió a entrar con leña para el hogar. Encendió un pequeño fuego que los iluminó a todos con una luz débil y taciturna

-Gracias por su hospitalidad- Empezó la mujer de la derecha que miraba fijamente a Carlos al pronunciar estas palabras. Éste negó con la cabeza e invitó con un gesto a su mujer a tomar asiento.
Laura se sentó en la silla y contempló con asombro el parecido entre las dos mujeres.

-Cómo supongo que sabrán los empleados del ferrocarril están en huelga desde el pasado viernes.
-Mi marido es uno de ellos...-añadió la mujer de la izquierda.
-Exacto. Es por eso que nos dirigíamos a verle y llevarle unos ahorrillos que teníamos guardados para una ocasión así pero de repente nos cogió este aguacero y ya ve...- señaló sus botas llenas de barro.
La mujer de la izquierda permaneció callada, tenía entre las cejas la sombra tenue de una preocupación y se apretaba las manos bien por frío o quizá por nerviosismo.
El matrimonio asentía a sus explicaciones mientras comparaban las dos imágenes que tenían delante, tratando de encontrar alguna diferencia.

-Querríamos pedirles si podríamos pasar esta noche en su casa y seguir mañana por la mañana.
-No veo problema.- Contestó Carlos que ya había perdido el interés por las extranjeras - Yo me voy a dormir, ya se apañaran entre mujeres. Mañana a la mañana yo mismo las acercaré hasta la estación, no vaya a ser que se pierdan por algún camino.
-Mi nombre es Carla. -Se presentó la mujer de la derecha.- El mio es Marla- Añadió la mujer de la izquierda.


V

Laura se enredaba entre las sábanas cómo una mosca atrapada, excitada y nerviosa. El pensamiento único de que en aquella noche la casa vivía por cuatro la alejaba de cualquier caricia del sueño. Finalmente, harta de doblegar su ímpetu, se levantó a tientas y abandonó a Carlos que respiraba profundamente a su lado. Bajó las escaleras y notó el frescor del aguacero en su piel, la puerta del patio estaba entreabierta y allí al lado del pozo de piedra había una figura femenina envuelta en un humo blanco.

Laura tomó una de sus chaquetas y la tendió sobre los hombros, descalza se adentró en el patio sintiendo el frío de las losas de piedra. La mujer se incorporó al verla llegar.

-¿Te he despertado?-Preguntó con cautela.
-No.-Se apresuró a contestar Laura.- No podía dormir.
-Yo tampoco. ¿Fumas?- La invitó la mujer acercándole una cajetilla de cigarrillos.
-Sí- Contestó apresurada Laura.-En realidad, no- se sinceró- pero querría probarlo, nunca antes había tenido la oportunidad.

La mujer rubia sonrió y acompañó el gesto iluminando por un instante los rostros de ambas con el fuego de una cerilla, Laura tosió a la primera calada.
-Trágate el humo, no lo retengas en la boca- le explicó.
-¿Puedo...-comenzó Laura.
-¿Preguntar quién soy de las dos?- Terminó la mujer. - Soy Marla.
Laura asintió con la cabeza cómo si saber su nombre le diera una información más allá de cualquier cosa, pues nada es lo que sabe de las dos hermanas y conocer su nombre no le es de demasiada utilidad.

-¿Es tu marido el que está de huelga, no?- Preguntó Laura mientras observaba consumirse el cigarrillo entre las manos.
Marla asintió expulsando el humo en dirección al cielo, que se erguía imponente y oscuro sobre sus cabezas.
El inconfundible aliento de la noche les rozaba las mejillas y les pareció qué el tiempo se había vuelto eterno en aquel instante.
-No sé que voy a hacer cuando lo vea...-murmuró Marla- hace cinco años que se fue a trabajar a la estación.
-¿Estás nerviosa?-Preguntó Laura abanderada por la inocencia. Marla asintió:
-La ciudad siempre me pone nerviosa.

Laura retuvo en su cabeza aquella frase durante segundos, envidió a Marla y su aventura qué aunque incierta era mucho mejor que levantarse para dar de comer a las gallinas.
-Me gustaría ir a la ciudad algún día.-Concluyó en voz alta.
-¿Porqué no nos acompañas?- Dijo Marla incorporándose hacia ella con una ilusión descorazonada en los ojos.
-No puedo. Alguien tiene que quedarse en la casa y...
-¿Y?-La interrumpió Marla- ¿Qué puede pasar? Las gallinas no se revolucionaran en un día y cómo mucho puedes perder uno o dos huevos fritos, además la lluvia de antes a barrido todo el polvo del patio.

Laura contuvo la respiración, observó los ojos brillantes de Marla que esperaban una respuesta y finalmente accedió.

VI

Carlos gritaba desde el patio el nombre de su mujer cómo un cabrio encolerizado. Se repasaba el cabello con un peine de bolsillo mientras las dos mujeres ya estaban sentadas en el carro. Laura , en su habitación, volvía una y otra vez al baño, dando vueltas en círculos. Hacía bailar su falda y movía su cabello, se había perfumado las muñecas.

Antes de salir por la puerta repasó los puños de su camisa y reparó en que los botones de ambas mangas no eran iguales, arrugó la tela y la ladeó hacía abajo para ocultarlo. Bajó las escaleras de la casa con nerviosismo y se detuvo en la puerta sintiendo que olvidaba algo.
-Quieres subirte ya.- Le inquirió su marido que ya se había tomado asiento.

Laura se dirigió hacia ellos y antes de montar miró de reojo a Marla que la observaba divertida desde la parte de atrás. Subió al asiento delantero y colocó bien sus faldones para no dejarlos caer sobre las ruedas llenas de barro.